La autoridad analítica

l-espace-de-l-art-concret-05-667x497Arte:  François Morellet

Reseña del “Viernes de Escuela” (STP)

En la reunión de la Escuela del viernes 7 de agosto se continuó la conversación en torno al “Seminario de Textos Políticos” coordinada por Antonio Aguirre, miembro del Consejo Federativo de la NEL.

De inicio se trabajó sobre qué quiere decir la formulación de Jacques-Alain Miller “subjetivar la Escuela”. Una Escuela de psicoanalistas que piensa y responde; y que por lo tanto, podemos decir: se hace responsable. Al mismo tiempo se atendió a la pregunta por lo que es la política, para distinguirla de la “filosofía política” y más bien ubicarla como la interpretación al Otro social en el aquí y ahora, privilegiándose el hecho de que sea en lo local.

Se planteó cómo una “escuela adolescente” puede cambiar de estatuto y se recordó el “mecanismo significante” que para Miller en su Teoría de Turín es la democracia directa. Esta discusión llevó a preguntarse si la autoridad epistémica, política y clínica convergen en una misma figura, y permitió ubicar la necesidad de reabrir el estudio y la discusión sobre lo Uno y lo Múltiple.

La orientación de Jacques Lacan en el sentido de que la Escuela no es un fin en sí misma sino un medio para la transmisión del psicoanálisis nos hizo volver a preguntarnos ¿de qué autoridad se trata en el psicoanálisis lacaniano? Al respecto Piedad Ortega de Spurrier ha escrito una contribución a esta importante discusión de Escuela.

Jessica Jara, Comisión de Biblioteca.

La autoridad analítica

Piedad Ortega de Spurrier

El Psicoanalista tampoco es ajeno a la figura de la autoridad. Conviene preguntarse en qué consiste la autoridad analítica y donde reside la diferencia con otras autoridades.

Primero, la autoridad analítica proviene de la transferencia, es por el amor al saber del inconsciente que se le supone al analista que es posible que ella se instaure. Sin embargo esto no es suficiente.

 Segundo, el Analista debe de estar dispuesto a encarnar ese resto que queda de la cosa sabida que se produce cuando caen esas suposiciones. Esta implica que su autoridad radica en el desbaratamiento de la autoridad.

El tercer rasgo de la autoridad analítica es que su función no ha sido delegada ni autorizada por algún otro, sino de sí mismo; y la existencia de la autoridad analítica es solo posible verificarla en el acto analítico.

La transferencia es la que permite verificar la existencia del analista en acto y abre la posibilidad para la apertura dialéctica de la certeza de la producción de un acto que se sostiene en el espacio íntimo del consultorio.

Jacques Alain Miller propone la fórmula de la “autoridad auténtica” tomada de la filosofía y dice que ella existe porque no ejerce sino sobre las libertades. 

Uno podría pensar que lo contrario a la autoridad es la licencia. Sin embargo Freud la puso en la misma lírica de la opresión como causa de la neurosis (1895 y 1925). La autoridad autentica está ligada a la coacción o amenaza. Por esto el análisis llevara a un sujeto a verificar que aquello que fue vivido como amenaza a la castración encubre a lo real como imposible y frente al cual él puede consentir, pero para eso es necesario que haya un analista que tenga la autoridad para sostener la experiencia analítica, vía la transferencia y hacerla llegar hasta el final.

Y es la autoridad del deseo la que permita que haya analista y por ende, análisis.

Hemos hablado de la autoridad analítica en relación a su práctica, pero su experiencia y su conocimiento acerca de los modos de opresión que padece el sujeto, a sus formas de vida y en particular en lo que concierne a la segregación deben de incluirse en una conversación con las ciencias humanas para contribuir con ese aporte irreductible del Psicoanálisis que concierne al registro de la particularidad subjetiva que se ubica más allá de los derechos humanos.

Se trata de retomar la senda de Freud y de Lacan que se hicieron escuchar en los distintos ámbitos de la cultura, esta postura es diferente a la de aquellos analistas que se ubican exclusivamente en el lugar de la denuncia desde las cuatro paredes de su gabinete o en una posición de “purismo” en las instituciones sin incluirse en sus aconteceres creyendo que así podrán eximirse de los fenómenos grupales y preservar su lugar vacío.

El analista debe poder, más allá del narcisismo de las pequeñas diferencias, crear junto con otros, la posibilidad de construir articulaciones entre normas y particularidades individuales.

 

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