Boletín # 9 “Violencias y Pasiones”

ix jornadas nel

En este boletín, Mayra de Hanze en su estudio del tema de las IX Jornadas de la NEL sobre Violencias y Pasiones, nos ofrece una precisa selección de citas comentadas de la obra de Clarice Lispector, La pasión según G.H.

Clarice Lispector retrata bien la suprema violencia que implica consentir a ser humano, en la alienación del sujeto al golpe del significante, y lo ineludible del encuentro con el resto, que retorna como dimensión oscura del objeto, ésa que el psicoanálisis conduce a encontrar con el soporte de la transferencia.  Lo hace el psicoanálisis y Clarice Lispector con su escritura: “La palabra tiene su terrible límite. Más allá de ese límite está el caos orgánico.  Despúes del final de la palabra empieza el gran alarido eterno. (Entrevista de Olga Borelli a Clarice Lispector: Liminar)

Presentado por Ana Ricaurte

La pasión según GH (Clarice Lispector)

clarice

Si el efecto del afecto en el cuerpo es la pasión que lleva a un acto, ficcionar la pasión es una aventura en la que incursiona Clarice Lispector, GH pierde algo que le era esencial y que ya no lo es más. No le es necesario, tal como si hubiese perdido una tercera pierna. Y vuelve a ser una persona que nunca fue. Vuelve a tener lo que nunca tuvo: apenas las dos piernas. Sabe que solamente con dos piernas es como puede caminar. Pero la ausencia inútil de la tercera le hace falta y se asusta, era ella la que hacía de ella una cosa hablable para sí misma…

Una mañana GH se introduce en el cuarto de Janair, su empleada recientemente despedida. Va a encontrarse cara a cara consigo misma con un grado de vida tan elemental que estaba próximo de lo inanimado.

Desde la puerta veía ahora un cuarto que tenía un orden calmo y vacío…

“En mi casa fresca, acogedora y húmeda, la criada, sin avisarme, había abierto un vacío seco…El cuarto parecía estar a un nivel incomparablemente superior al del propio departamento… pág. 44

Y fue en una de las paredes que en un movimiento de sorpresa y rechazo vi el inesperado mural…Estaba casi en tamaño natural el contorno a carbón de un hombre desnudo, de una mujer desnuda, y de un perro que estaba más desnudo que un perro. En los cuerpos no estaba dibujado lo que la desnudez revela, la desnudez venía apenas de la ausencia de todo lo que cubre: eran los contornos de una desnudez vacía. Pág. 45

El dibujo no era un ornamento: era una caligrafía…y que allí parecía haber sido dejado por Janair como mensaje burdo para cuando yo abriese la puerta… ¿Se trataba del silencioso odio de aquella mujer? Lo que me sorprendía es que era una especie de odio desligado, el peor odio: el indiferente. No un odio que me individualizase sino apenas la falta de misericordia.

El cuarto era lo opuesto del que yo creara en mi casa, lo opuesto de la suave belleza que había resultado de mi talento para arreglar, de mi talento para vivir, lo opuesto de mi ironía serena, de mi dulce y exenta ironía: era una violentación de mis comillas, de las comillas que hacían de mí una cita de mí. El cuarto era el retrato de un estómago vacío.

…La reina africana, la extranjera, la enemiga indiferente que se alojó en mi casa…Me pregunté si en verdad Janair me había odiado o era yo quien, sin  haberla siquiera mirado, la odiaba.

…Descubría con irritación que el cuarto no solo me irritaba, lo detestaba, sus entrañas habían estallado, pág. 50

Una cólera inexplicable, me había invadido: quería matar alguna cosa allí.

El cuarto no tenía un punto que pudiese llamar su comienzo, ni un punto que pudiese ser considerado el fin…abrí un poco la puerta estrecha del guardarropa…Entonces, antes de entender, mi corazón emblanqueció como los cabellos emblanquecen.

De frente al rostro que yo pusiera dentro de la abertura, bien cerca de mis ojos, en la media oscuridad, se había movido la gruesa cucaracha…Lo que siempre me había repugnado en las cucarachas es que eran obsoletas y no obstante actuales… la resistencia pacífica. Yo sabía que las cucarachas resistían más de un mes sin alimento o agua y que hasta de la madera hacían sustancia nutritiva aprovechable y que aún después de pisarlas, se descomprimían lentamente y continuaban andando…  pág. 56

…El grito me había quedado latiendo dentro del pecho.

¿Cuál es el único sentimiento de una cucaracha? La atención de vivir, inseparable de su cuerpo…En mí, todo lo que yo sobreponía a lo inseparable de mí…era el propio proceso de vida en mí.

Fue entonces cuando la cucaracha comenzó a emerger del fondo. Pág. 62

El miedo grande me profundizaba toda…Me embriagaba por primera vez de un odio tan límpido… con el deseo justificado o no de matar…levanté la mano como para un juramento, y en un solo golpe cerré la puerta sobre el cuerpo medio emergido de la cucaracha.

¿Qué había hecho?

Ya entonces tal vez supiese que no me refería a lo que había hecho a la cucaracha pero sí a: ¿qué había hecho yo de mí? ¿qué había matado yo?

Pág. 67…pues lo que yo veía con una incomodidad tan penosa y tan espantada y tan inocente, lo que veía era la vida mirándome.

pág. 77…Mi vida había sido tan continua como la muerte. La vida es tan continua que la dividimos en etapas, y a una de ellas la llamamos muerte.

Yo, cuerpo neutro de cucaracha, yo con una vida que finalmente no se me escapa pues al fin la veo fuera de mí- yo soy la cucaracha, soy mí pierna, soy mis cabellos…

Pág. 83 La vida se vengaba de mí y la venganza consistía apenas en volver, nada más. Todo caso de locura es que alguna cosa ha vuelto. Los posesos no son poseídos por lo que viene, sino por lo que vuelve. A veces la vida vuelve.

Pág. 92 La cucaracha es un ser feo y brillante…lo que en ella es expuesto es lo que yo escondo en mí: De mi lado para exponer hice un revés ignorado. Me miraba. Y no era un rostro. Era una máscara.

Pág. 215…Yo había puesto en la boca la materia de una cucaracha, y había realizado al fin el acto ínfimo. No el acto máximo, como había pensado antes, no el heroísmo y la santidad. Sino al fin el acto ínfimo que siempre me había faltado. Siempre había sido incapaz del acto ínfimo. Y como el acto ínfimo, me había desmitificado. Yo, que viviera del medio del camino, finalmente había dado el primer paso de su comienzo.

Compiladora

Mayra de Hanze

 

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