Boletín # 10 “Violencias y Pasiones”

ix jornadas nel

“No hay más que la poesía, se los he dicho, que permita la interpretación” es la insistencia de Lacan en L’ Insu. Andrea Crespo en “Imágenes de la guerra” agrieta el muro del ensayo con el efecto de agujero poético. Allí podemos leer que ¡Arde Troya!, que lo literal deviene metáfora, y que eso no cesa de repetirse. Su desolación no clama ante las cenizas que quedan del fuego, ni ella espera entonces el resurgir del Fénix; sino que su palabra aviva el remanente vital, sheerit de la pasión irredimible en el pasaje al acto de la civilización.

Escuchemos desde el poema a Andrea, a la carne imaginal… Seamos su auditorio.

Jessica Jara, Responsable del Boletín.

 

Imágenes de la Guerra*

CANTO III

Desolación. Frontera

(arder en imágenes)

“(…)

Escucha desde el poema:

 en la habitación pequeña se concentra un remolino suave,

encajes de primeros ajuares que se mecen con la sangre de la menarquía.

 esos jadeos en el telar puro son más bien una argucia,

no entiende bien la muerte sobre la oxidación de los besos

(…)

Escucha desde el poema:

Ω

este era tu nombre y el número asignado a tu alma en este ministerio

– el nombre del hombre ha sido tocado por cuestiones blancas, lechosas, que fermentan los oídos con tumulto de vientos y rumores de deportaciones.

– el ruido del nombre ha sido tocado por un hijo como espectro esperando ser visto por el ánima de la efigie, por una imagen de hijo como espectro espiando en la ceguera del colmillo.”

I.A.[i]

Por: Andrea Crespo Granda. Poeta**, cinéfila y comunicadora.

El tiempo de la escritura es el tiempo del Otro.  El poeta nos interpela: habla de hombres antiguos siendo su audiencia lo contemporáneo. La historicidad de Troya es más que la determinación de una época, un autor o un yacimiento. El poema homérico ingresa en la historia ya que a nosotros se nos presenta como un esfuerzo para arrojar luz sobre las tinieblas del tiempo.[ii]

Troya fue un pueblo que tuvo que dispersarse por las islas del Mediterráneo. Un pueblo que supo guardar para sí la insularidad, el muro. ¿Qué, salvo el recuerdo, para crear vínculos entre atolones? ¿Qué, sino el poema, para contar el pasaje al acto de una civilización?

Si seguimos cantando la manía no es por la cualidad de registro que la Ilíada posee, es porque se trata del canto de un poeta: es porque es sustrato de lo Real.

No existe un solo canto de La Ilíada que no mencione el fuego. Las llamas están allí para construir el alimento. Fuego solar para dividir la oscuridad del inicio del combate. Hogueras para quemar las naves enemigas, para que ardan las hecatombes, para consumir a los muertos; incluso el fuego -sí es interior- es supremo: quienes se encuentran en esa Guerra, en ese mal sueño, se comportan como el fuego mismo.[iii]

El aumento de atentados terroristas en puntos geográficos ligados a la seguridad (bares, malls, estaciones de servicio… en Norteamérica y en Europa) nos ha provocado un desvanecimiento de la noción de lo seguro, pero por sobre esta premisa debemos considerar, algo más allá, el agrietamiento de la condición virtual a la cual, las mismas imágenes que elaboramos, nos condicionaron. Agrietamiento de las fronteras por donde se filtra el humo, la pesadilla; agrietamiento que plasma un declive, una pérdida en la economía del discurso del sujeto contemporáneo.

El ICSR[iv] informa que a diciembre de 2013 había entre 3.300 y 11.000 yihadistas extranjeros peleando en Siria. La guerra contra el terror simplemente abrió el espectro del mal sueño. Las playas troyanas se expandieron hacia las plazas, los bares, los plácidos bulevares y los restaurantes, no del primer mundo, sino de todo aquello que evidencie la “occidentalización”, la impureza. Han retornado, en contravía, las Cruzadas.

Un cuerpo es una frontera, un límite con el lenguaje, así en el cuerpo previamente marcado, la violencia se convierte en una manía, un malestar que debe repetirse. La violencia se presenta como un hito que marca la frontera de los cuerpos válidos, frente a la carne imaginal. “La víctima es torturada porque ya había sido antes torturada, porque ya está marcada. Se la mata porque hace tiempo que ya está muerta como persona y como ser social”[v].

La frontera entre la manía y el conocimiento/despertar es delgada y transparente, en los bordes quedan las imágenes de los espectros, de cuerpos residuales. “Porque así ha dicho el Eterno: ”Regocijaos con alegría a causa de Iaacov, y gritad de júbilo ante la cabeza de las naciones. Proclamad, alabad y decid: ‘¡Oh el Eterno, salva a Tu pueblo, al remanente (sheerit) de Israel!'”[vi]. Hay una palabra hebrea que fue utilizada para nombrar a todos aquellos que sobrevivieron al Holocausto: sheerit. Palabra que, según los entendidos, significa remanente, residuo.

No hablo hebreo, pero desde mi lectura de Celan, puedo comprender en ese residuo la humillación de la vida tras la tortura, tras la huida. Una vida que es más un letargo, una espera –silenciosa o en el escándalo- por ser devorado en el silencio de la muerte.

 El residuo es lo que está en el fondo, sobrando, un miembro fantasma.
Un poeta es un residuo. Un poeta ciego, como el molar de la noche, ha cantado. Cuando un bardo habla, cuando el poema acontece, nuestro deber es la escucha. Palabras como cristales se disuelven en los ojos.

Hay que oír a los poetas: están ante el tiempo, advierten. Componen con el residuo las indicaciones del porvenir.

 

*El ensayo completo consta de tres cantos y será publicado próximamente en su totalidad.

**En 2013 publicó LA Monstruo, su primer poemario de un trabajo diacrónico formado por Matinée (el cinematógrafo Tropical) e Influencia Americana.

[i] Influencia Americana, Andrea Crespo.  Libro Inédito. 2013.

[ii] Los debates conocidos como “la cuestión homérica” básicamente se centraron en descifrar una serie de incógnitas sobre la autenticidad de Homero. La duda central reside en la dicotomía entre la atribución a un solo poeta de los poemas o, si en Homero subyace una forma de composición coral, anónima y cronológica que conformaría un corpus poético de la historia helénica, tal como los sostendrían los Románticos. Esto es fundamental, para los debatientes, pues indicaría el método de composición. En 1715, el abad François Hédelin d’Aubignac, publica el libro Conjeturas académicas sobre La Ilíada, libro que originaría este debate, caído en el olvido hasta retornar en el siglo XIX y, con mayor fuerza desde 1876 con el hallazgo, por parte de Heinrich Schliemann de lo que, aparentemente, eran los vestigios de Troya.  He utilizado el trabajo de Óscar Martínez García y de Luka Brajnovic para aproximarme a este tema.

[iii] La Ilíada. Canto XVI. La muerte que Patroclo provoca al guerrero Pirecnes, nombre que significa punta de fuego es, a decir de Cedric Whitman, uno de los principales estudiosos de la literatura helénica, el punto de inflexión del poema, el giro sustancial que lleva al asesinato de Héctor, protector de Troya. A partir de este hecho, el hado de los héroes se evidencia y la pesadumbre de los males, ya no podrá remediarse. El fuego se convierte en la imagen por excelencia de la Guerra, por su cualidad destructiva, pero también por su capacidad de incorporarse al ánimo de los guerreros, generando el desarrollo épico. La lectura de I. Kadaré, sobre la vergüenza que como Occidente cargamos desde Troya, se debe a esta imposibilidad de despertarnos de esta pesadilla que supone la manía, la reiteración del horror que mantenemos, como un discreto fuego, en nuestra civilización.

[iv] Centro Internacional de Estudios de la Radicalización (según sus siglas en inglés), organización adscrita al Kingston College y que, desde el 2008, realiza una serie de estudios, reportes y seguimientos sobre la radicalización y violencia política con diferentes impactos: terrorismo, reclutamiento, género y fundamentalismo.

[v] Wolfgang Sofsky. Tratado sobre la Violencia.

[vi] Jeremías 31:6

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