Boletín # 11 “Violencias y Pasiones”

ix jornadas nel

La creación del artista, con la pintura, con la literatura, es ex nihilo, a partir del agujero, como dice Lacan en el seminario 7, de donde me animo a plantear la posibilidad que tiene el que crea, de no evitar lo real sino de ceñirlo con el objeto creado.

Y respecto al tema que nos concierne en el boletín preparatorio a las Jornadas sobre Violencias y pasiones, tenemos el magnífico aporte de Maritza Cino, con el cuento Bodas de porcelana, recientemente publicado en su libro Días frívolos,  y el de Jorge Velarde, que colabora con imágenes de dos de sus pinturas, tituladas Historia de amor I, e Historia de amor II.

En ambas obras encontramos el lado oscuro de la pasión amorosa, el que aparece cuando desfallece la función que hace pasar el goce al deseo.   Maritza Cino nos acerca a este punto envuelto en un humor, que aunque un poco oscuro también, funciona como tratamiento gentil a la mostración del caracter mortífero que puede tener el desamor.  Las imágenes de Velarde no lo velan, sino en el recurso de atrapar la mirada en lo bello  de su pintura.

El lector podrá remitirse a las excelentes presentaciones del libro Días frívolos que hicieron  Gilda Holst y Tina Zerega, a quienes agradecemos su colaboración a nuestro estudio preparatorio de las IX Jornadas de la NEL.

Presentado por Ana Ricaurte

El cuerpo retorna leve y desnudo al evocar

 las pequeñas criaturas que cruzan la

memoria, cada vez que transitamos al

origen.

Maritza Cino Alvear.

 Bodas de porcelana 

Mi  afición  por  las  muñecas  se  la  debo  a

Salomé; no solo porque fue un regalo de aniversario,

sino por el significado que cada una de ellas representa

en cada escena, mientras la otra, Salomé, gesticula

frente a sus admiradores  y delinea sus labios antes de

cada función.

En mi tiempo de ocio, que ahora es prolongado, ya

que estoy retirado de mi antiguo modus operandi,

me he dedicado a mis muñecas:  reviso sus rostros

de porcelana y atuendos de seda para conservarlas

a la par de estos tiempos, y colocarlas en un lugar

que esté a la altura de sus marcas y procedencias.

He comprado pelucas de corte fashion para algunas

de ellas y las he maquillado sutilmente para disimular

las cicatrices causadas por mis antiguas iras.

Últimamente, también he aprendido algo de costura

para confeccionarles la vestimenta apropiada, de

tal modo que luzcan como modelos posmodernas.

A veces, mientras me entrego a este placer, viene a mí

mente como una alianza de humo la casa de muñecas

de algodón que coleccionaba mamá, y que luego del

incendio pereció, al igual que su pasión por la vida.

No sé  hasta  cuándo  ejerza  este  oficio  que  toma

vida cuando Salomé se ausenta, es decir, cuando

no está actuando, aunque en esta época de crisis

escénica pasamos simulando vida de hogar,

distraídos con nuestra música sacra, y eso nos lleva

a permanecer complaciéndonos para soportarnos

en la rutina de estar sin actuar. Así la acerca y aleja

de mí, aún a la hora de nuestra puntual intimidad.

No tiene importancia repetirlo, pero nuestras

vidas han sido intensas; después de más de dos

décadas, subsistimos en  esta  escena  cerrada

donde nos dedicamos a lo nuestro, como una

puñalada pre mortem por llamarla de algún modo.

Durante estos tres días, en que solo hemos salido  a

tomar una copa de vino con nuestros vecinos calabreses

e intercambiar fotos de aniversario, la he visto mirarme

con algo de extrañeza y seguir, silenciosamente, mis

pasos dentro del departamento. Me molesta sentirme

acosado, ya que no puedo visitar a mis muñecas.  Lo

que más me incomoda es saber que están en el cuarto

contiguo, apenas a pocos metros, y aun así, no logro

darles la entrega y atención que ellas demandan.

No es que  me  considere  infiel  o  algo  parecido  por

culpa de este deseo, pero Salomé es tan singular,

siempre reclama exclusividad, y aunque como

mencioné, fue ella la que, en gratitud a nuestros años

compartidos, me dio la primera muñeca de porcelana,

aduciendo que era su doble, y a partir de ahí fuimos

cultivando la presencia de estas embajadoras del ocio

y del placer.

No me arrepiento ni evado la transgresión a

los principios del matrimonio, solo que sé que

esto es otra cosa:  unión libre, pero  también  de

hecho, más cercana al instinto de preservación

del amor, y claro está, del respeto  ante todo.

Continuamente me persigue la idea de que esta vida

hogareña ya no es llevadera. Carezco de ese ímpetu

para pasar de alcoba en alcoba y complacer a todas

en esta escena cerrada, tal como si se tratara de un

harem o algo por el estilo. En estos últimos días en

que se pone en riesgo nuestro nexo nupcial, me asalta

la idea como cuando ejercía la mutilación serial,

que solo una puñalada pre mortem, encarnaría un

modus catártico para desalojar a la última diva.

El oficio de recordar

Por: Tina Zerega – Universidad Casa Grande

Cuando recibí el libro de Maritza Cino me sentí engañada. Esperaba un libro de poesía. Yo ya no me llevo bien con otras cosas. Luego me di cuenta de que era un libro sobre el tiempo. Y no hay forma de escribir el tiempo que no sea lírica. Y -me tranquilicé.

El libro nos recibe con un epígrafe “el cuerpo retorna leve y desnudo al evocar las pequeñas criaturas que cruzan la memoria, cada vez que transitamos al origen”. Éste es un libro sobre pequeñas criaturas. Y sobre la memoria. Braunstein tenían un libro, que no he leído. Lleva por título “La memoria, la inventora”. Recuerdo su seminario al mismo tiempo en que trabajaba en este museo, el MAAC. Cuando era un museo. O pretendía serlo. En ese contexto nos preguntábamos desde De Certeau ¿cómo sería una historia contada desde las ideas de este autor? ¿Qué sería una investigación, un informe, que asuma los afectos, el cuerpo que se enuncia al contar una historia? ¿Qué sería un texto histórico que “reproduzca el gesto poético, se sirva de él de una manera no poética” (de Certeau, 2003:57)? Sería una historia que inventa. Una historia con gestos de literatura. Nunca lo logramos poner en escena, pero lo intentamos. Quedaron esas ideas escritas en alguna memoria institucional. Eran largas las discusiones en las que nos preguntábamos por qué se decidía a veces condensarse, arbitrariamente, afectivamente, la historia, en objetos que se exponían o que no. En museografías que seleccionaban a unos y a otros no. El objeto lo sentíamos como un resto de la historia. Y qué es, sino,  una presentación de un libro, sino los restos que han quedado – en uno como lector – de ese libro. Los restos del libro que leyó. Del libro que creyó leer. O del que uno cree que otros podrían querer leer. Hay una sensación museográfica en el comentario sobre un texto. Uno elige como hitos unos cuentos y otros no. En este caso Días frívolos puede leerse como la historia de una persona. Y en cada página se exhiben objetos, personas, “cedulados” como dirían los museógrafos, con pequeñas historias que los explican.  Días frívolos es también como visitar un museo de una persona. Es como visitar un museo de objetos, personas como estampas que son revisitadas, a veces desde la nostalgia, a veces desde lo siniestro, de eso familiar que se vuelve extraño. 

Días frívolos relata memorias, memorias-objeto, memorias-fragmento al parecer frívolas. Cotidianas. La voz narrativa parece ser una sola, lírica, pero a la vez es legión, en el sentido de narra ( y narrase) desde muchas posibilidades.

Por un lado están los objetos memoria. Como en los museos. En los cuentos, hay muchos objetos que remplazan las ausencias. El personaje que juega con muñecas como remplazo de Salomé. Aquel que colecciona garfios involuntariamente, como si los garfios llegaran a ella sin pedirlo después de una iniciación “gárfica”. El padre que colecciona tanquecitos, miniaturas de guerra, todos estos objetos que solo pueden ir a una guerra y no a un encuentro con una hija.  La madre que pone velas a los santos.

También están los objetos como escenografía, una museografía de la memoria. La memoria como puesta en escena de una representación. En “Bodas de porcelana” se representa una vida hogareña. Se monta una escenografía con ciertas muñecas a las que hay que dar atención.

Para Prouts (citado por Benjamin, 1961) había una memoria voluntaria y una involuntaria. Las informaciones que proporcionan sobre el pasado no conservan nada de éste en el caso de las voluntarias: “Vanamente intentamos revocarlo; todos los esfuerzos de nuestro intelecto son inútiles” (Benjamin, 1961: 93-94). En la misma línea, la escritura historiográfica crea a-topías, no-lugares, ausencias. Más que definiciones, las a-topías y no-lugares deben entenderse como posiciones que de Certeau asume en torno a lo que no tiene lugar. ¿ ¿permitiría la literatura un espacio para esas ausencias? Escribir es hacer un “ejercicio de duelo”, en la medida en que escribir la historia se funda en una no presencia y la escritura produce, construye representaciones de esos ausentes como una forma de evadir la pérdida. (de Certeau: 2003). Alguna vez leí que cuando Hans, un paciente niño, leyó el caso que escribió Freud sobre él el pequeño Hans”, él, ya mayor, no podía recordar nada de aquel relato. Y al parecer, al no identificarse con esa historia, pudo escribir un relato otro.

En Días frívolos hay las memorias de las vidas no vividas. Que son una forma de ausencias. Uno siente que lee Días frívolos, como un álbum fotográfico con escenas del pasado. La memoria, inventora, parece explorar las posibilidades de un pasado otro: “Voces piratas llegaban con cuentos foráneos a plagiar su inconsciente”.  En algún momento el texto dice “la mitomanía siempre fue lo mío”. En el cuento “Tiranosaurio”, Archi se transforma en un dinosaurio porque “quería ser él mismo. A fin de cuentas lo prehistórico había sido su obsesión”. También está el cuento sobre Marina Nizo. Como no conozco bien a Maritza Cino, no puedo saber si es una Maritza-otra, pero explora posibilidades de un pasado distinto para sí misma. En “Días frívolos 2” dice “todos jugamos a ser lo que no somos y a tener lo que nos falta”.

En “Días frívolos” indica que una vez al año se vuelve conventual, y se dirige a un caserío, de alguna manera, a contemplar el pasado. En tiempos de velocidades violentas, los tiempos dedicados a la contemplación son casi un espacio de resistencia. En esta misma lógica de la contemplación, la voz parece anclada en ese pasado. Pero es como si fuese un pasado que incluye y a la vez expulsa: Padres que se protegen, se defienden de encontrarse con una hija con miniaturas de guerra. Madres que dicen Levántate y ándate. Tíos que dejaron de visitar: “Mi tía menor  y yo, nos acercamos cada domingo a buscar el destino de la casa del sur.”  Sur que ya no existe.  

Creo que es necesario agregar comentarios a la parte gráfica y editorial, siempre bien cuidada de la editorial “Cadáver exquisito”. La tipografía, las ilustraciones aportan a los sentidos de nostalgia que proponen las letras. La selección de fotografías, el trabajo de ilustración te transporta también a un pasado. La ilustración de los tanques de guerra de papel no pasa desapercibida.

Valery decía que el recuerdo nos da tiempo para organizar (Benjamín, 1961). En Días frívolos hay etapas “históricas”: la etapa-garfio. La-hora-de-visitar-a-Enzo. La literatura sobre el recuerdo, re-inventar esa memoria, también organiza. Como cuando escribe Maritza “las palabras y las agujas curan”. Pero son palabras, no agujas, las que se eligen. Maritza Cino tiene un título de un cuento: “necesitaba otra historia”, pues Días frívolos puede plantear la historia de una, de uno, como niño dinosaurio, cuidadora de muñecas, soldado de guerra en miniatura. Maritza revela que finalmente no se puede escapar de una historia, la de ser escritora: “ese oficio de ida y vuelta sin ningún aviso ni posibilidad de otra historia”.

Bibliografía

Benjamin W. (1961), Sobre el programa de la Filosofía Futura y otros ensayos, COLECCIÓN PRISMA. Editorial Arte: Caracas.

De Certeau, M. (1993). La escritura de la historia. Universidad Iberoamericana.

De Certeau, M., & Giard, L. (2003). Historia y psicoanálisis entre ciencia y ficción. Universidad Iberoamericana.

Presentación, Agosto 3, 2016

Libro: Días Frívolos

Autora: Maritza Cino Alvear

Editorial: Cadáver Exquisito Ediciones, Guayaquil, Julio 2016

Días Frívolos

Placida e l’onda, prospero é il vento

Por: Gilda Holst

Días Frívolos de Maritza Cino son 23 microcuentos, con increíbles imágenes poéticas y densidad metafórica, de las que me voy aprovechar y apropiar de algunas, como esa de “la página lívida”, se imaginan, una página lívida, pálida, en blanco,  con la que me encontré al tratar de elaborar esta presentación, y entonces miré las teclas, como en el cuento “Necesitaba otra historia”, y me di cuenta que ya llevaba 6 líneas de palabras algo conexas y me alivié, porque llegué a mi mañana frívola.

Maritza trabaja no sólo muy bien, sino estupendamente bien la autoreferencialidad o la metaliteratura, la intertextualidad, la reflexión sobre las tareas o trabajo creativo del escritor y el lector, sobre la escritura, sobre sus estragos y beneficios, eso de estar en una estación, esto es detenida, casi como en el panóptico maravilloso del leer que se propone, como en el cuento “Siete lenguas” donde es posible “tropezar con el silencio, bordear abismos, falsificar fonemas”, que la llevarían directamente a la cárcel, pero por suerte la narradora tiene un amuleto, esto es, un objeto portátil y mágico, seguramente para seguir escribiendo.

En el cuento “Al otro lado” el narrador es un lector dirigiéndose al escritor, aquel que está al otro lado mientras se lee, un lector/escritor dual, como reflejo pero sin serlo, ese que se lleva tanto al escribir como al leer, un lector que dice: “yo me acerco con mirada de arqueóloga”, detrás de indicios o pistas para comprender viejas y gastadas estructuras que llevamos al interior, alegrías y tristezas o desconciertos y asombros nuevos.

 En el cuento “Días frívolos II”, Judit está en un hotel un día antes de navidad, pasea por la habitación y se recuesta en una almohada deliciosa y de repente se acuerda de “El almohadón de plumas” de Quiroga, tal vez se asusta por un momento del peligro del encierro, silencio e inmovilidad de un cómodo hotel  pero pienso que se relaja enseguida, porque había decidido no ser succionada fatalmente por el bullicio de la ciudad y el alboroto de las compras y la confusión y la bulla del consumo.

Otra temática planteada en Días frívolos es sobre los pasos. Un primer paso dado y un segundo paso que nunca se dio, en la posibilidad de un encuentro, reencuentro o reconciliación. Pasos, recorridos, trayectorias, navegaciones e – indudablemente-, el paso del tiempo. La vista atrás hacia el origen, lo que nos constituye y descalabra.  Recuerdos de infancia, de familia, de situaciones, que nos llevan a una casa del sur, a una abuela, y a domingos donde se comía polenta y se tomaba vino, una abuela que –mágicamente-, se le hinchó el dedo anular y hubo  que cortar el anillo matrimonial y comienza una dispersión de familia hacia la construcción de otros domingos.

En el cuento “Agujas” hay dos divanes, uno anterior de análisis y uno nuevo de acupuntura, cito: “En ciertos momentos evocaba aquella frase: la palabra cura, y entre mixturas de anestesia y alcohol se repetía, las agujas también curan.”, y con increíble agudeza, Maritza, desde mi lectura, plantea, -como los dardos-palabras lanzados en otro cuento-, la escritura y lectura  en su posibilidad de tocar, herir, y al mismo tiempo sedar o mitigar dolores o transferirlos a la escritura para reconstituirse o reelaborarse constantemente.

El cuento “Garfios”, magnífico en verdad, se relata cómo la personaje comenzó a guardar garfios de estibadores, -aunque no le gustaran-, cuando iba a despedir o recibir a sus abuelos viajeros en el puerto y es en esa orilla de zarpes y arribos que comienza a coleccionarlos. Garfios que son hierros viejos curvados y con punta que sirven para levantar pesos y cargas.  Es en este cuento que se habla de los dardos-palabras con los que se juega y se trabaja,  y es profunda reflexión sobre cargas y pesos inevitables y hasta traumáticos que llevamos y el garfio-palabra levanta y cubre la falta o mutilación.

Hay varios personajes coleccionistas en estos micro-cuentos, muñecas de porcelana, reliquias, juguetes bélicos, que en el juego metafórico de los cuentos podrían plantear -desde mi lectura-, colecciones de agresiones o agravios en nuestras vidas que “construyen muros de obstáculos” que nos encierran, o absurdos y fragilidades que nos detienen, o encontrarnos con personajes en la paradoja de ser felices siendo infelices, pero también se presenta la posibilidad –y esa es uno de los planteamientos más fuertes de Días Frívolos-, y es el de coleccionar momentos tiernos, alegres, reconfortantes y maravillosos, disfrutar de una almohada deliciosa, de un “Mar sepia” como el cuento con ese título, leyendo “La invención del amor” de Ovejero, y de otros mares mediterráneos o pacíficos, o de un río que, tal vez, está “inmóvil y obscuro” pero que nos permite no aburrirnos y,  otras veces, ese mismo río, qué según yo, es el Guayas, nos da brisa, una brisita maravillosa guayaquileña.

María Paulina Briones, en la contraportada del libro dice “son los relatos elusivos, un mosaico interesante y perverso de una escritora que conoce el oficio de contar historias”, coincido totalmente con ella, el mosaico de micro-cuentos leídos, como en la lectura fragmentaria o de un libro de poemas, produce intensidad y el olvido, la intensidad en el sentido del disfrute o placer de cada cuento y situación narrada, la proliferación de sentidos que interconectan los cuentos, por la provocación desde la escritura del goce del pensamiento asociativo que se produce en cada lector. En mi caso, por ejemplo, estuve tentada al comienzo de esta presentación en cantar Santa Lucia, barqueta mía, una canción que por mi ascendencia italiana, la sabía cantar en italiano de chica y en donde se habla de la placidez del mar, de vientos propicios y de brisas placenteras, por suerte para Uds. no canté porque soy un poco desafinada, pero nadie me quita la seguridad de que un personaje de estos cuentos cuando viaja a Calabria, pasa por Nápoles y canta o la escucha cantar. También –no lo van creer-, pero tras leer el cuento “Marina Nizo”, personaje increíble que le gustaba la farra y el trago y los chistes, me acordé de la canción italiana “Marina” de Rocco Granata, y también se las iba a cantar ahorita, pero desistí.

Me pareció mejor -para terminar este recorrido de lectura-, anclarme con un cuento de Maritza, donde esas contraposiciones paradójicas y poéticas, diferentes en cada relato, de inmovilidad/encierro, salir adelante y afuera y encontrar soluciones, de navegación, anclaje, deriva o locura de todo su extraordinario libro  Días Frívolos. El cuento se llama “Voyeur”. Leo:

Voyeur

Mi madre tenía la manía de poner velas a los santos. Yo la miraba en su movimiento escénico y acompañaba su extrañamiento. Me sentía voyeur de su santuario, de sus arcángeles mayores y menores, de su vida entregada al oficio de lidiar con estatuas y extraviarse en los ritos de la fe.

Un día me entregó un Lázaro; yo me miré en él y agradecí su deferencia a mi complicidad de poeta. Lo sostuve turbada. Y ella me dijo: Levántate y ándate.

Muchas gracias, Maritza por este libro.

Muchas gracias.

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