BOLETÍN # 16 “VIOLENCIAS Y PASIONES”

ix jornadas nel

En el campo de escritura de este boletín, se encontrarán, de inicio, con una formulación nueva: una crítica no-toda. Una crítica que no puede ser hecha ya sin reservas, ante el retorno de lo real de la utopía, falsa y mortífera salida al malestar de la civilización.

Héctor Chiriboga, en dirección a la plenaria “Violencias y guerra”, hace una hystorización de la vida militante que marcha con la voz marcial del superyó, para dar cuenta allí de cómo la pregunta implicada: “¿qué hago yo aquí?”, -psicoanálisis de por medio-, posibilita el surgimiento de las coordenadas de lo que no marcha; para de este modo, tornar la tragedia en comedia, y pasar de hacer-la-frontera a inventar un “entre”: un litoral ético singular.

Los convoco a leer esta cartografía de peripecias, giros y rupturas, en una mostración de la mutación de un gusto por la guerra. Entonces se nos enseña que “lo militar” puede animar una militancia; y que la militancia recubre lo irracional, lo desarmado, lo imposible de decir de la guerra. Guerra que, como indica Marie-Hélène Brousse: no es sin un discurso; es decir que la guerra, -en estricto-, tampoco puede ser hecha sin reservas.

En un escenario intelectual gobernado por lo políticamente correcto, este texto es, sin duda, una muy valiosa contribución. ¡A leer!

Jessica Jara, Responsable del Boletín.

 

 LO MILITAR QUE ANIMABA LA MILITANCIA

 boletin-16

 

“Nunca he estado en ninguna batalla;

ni la he presenciado de cerca,

ni la he oído de lejos,

ni he visto sus secuelas”.

John Keegan, El rostro de la Batalla.

 

Por Héctor Chiriboga A., Profesor Universitario. Master de la FLACSO.

 De una crítica que ya no es sin reservas.

Las siguientes notas surgen de una situación particular, una conversación, con amigos, conocidos y un público, en un ambiente universitario, aunque fuera de la formalidad que ahora –y cada vez más- conocemos como “La Academia”. Estábamos convocados por la idea de “volver a empezar…volver a pensar”, para poner en palabras, ciertas memorias, sobre lo que fue el proyecto de la transformación política en la modernidad y su expresión más notable, la revolución. ¿Era posible, -y necesario- dados los resultados de las utopías revolucionarias volver a empezar y volver a pensar la crítica al Capitalismo?, y de ser así, ¿cómo debía ser esta crítica?

Invitado a participar surgió -casi inmediatamente- por un lado, la idea de que la conversación debía dar cuenta de la crítica al capitalismo y por otro lado, la percepción de que debía también ser criticada la vía de la crítica al capitalismo. Me explico mejor, luego de una historia personal de militancia política dentro de la izquierda durante los 80´s, y al observar cómo, casi 30 años después retorna, desde el Estado, un discurso similar, me cuestiono e interrogo la retórica de la crítica al capitalismo: ¿es necesario cuestionar al capitalismo?, ¿desde dónde?, ¿con qué objetivos?

Dije en la conversación que sí, había que pensar de nuevo la crítica al proyecto moderno, pero que esta no podía ser hecha sin reservas, pues si bien es cierto que sufro -¿sufrimos?- el embate del sistema en el que, con vaivenes, se han turnado el mercado y el Estado para disponer de mi tiempo, exigiendo productividad y el olvido de sí -en el peor de los sentidos- por otro lado, no es menos cierto que la apuesta por la retórica antisistema, que recupera el horizonte de la utopía, despierta las alertas sobre lo real de lo que, históricamente, estuvo hecha esa utopía.

Militancia

Entré a militar en una organización pequeña de la izquierda revolucionaria de Ecuador. Pequeña, pero poderosa en términos de desarrollo teórico de las propuestas y las tesis que habrían de permitir la realización de la revolución en el Ecuador, en un momento en el que esta tenía su mejor expresión en los movimientos guerrilleros presentes en América Latina.

La formación que tuve fue teórica… pero sólo en una pequeña parte, dado que, curiosamente, los cursos de formación marxista leninista de los que se habían nutrido nuestros dirigentes, aquellos que nosotros considerábamos los cuadros revolucionarios, no daban el mismo resultado con nosotros, quizás porque éramos, como lo dijo un dirigente “hijos de la democracia”, es decir, éramos de un tiempo en el que la lucha revolucionaria, sin dejar de serlo, se había vuelto menos clandestina y compartimentada, más abierta, más relajada y por ende menos disciplinada.

Esa formación era práctica también, esta vez, en el sentido de las cosas que había que hacer como militante: agitar, escribir volantes, hacer activismo, pertenecer a estructuras abiertas -y luego, con el tiempo, semi clandestinas-. Pero no había práctica militar propiamente dicha y nunca la hubo, sino hasta un momento antes del final.

La organización se planteaba seriamente la realización de la revolución en el Ecuador, entendiéndola como un movimiento de masas donde se articulaba lo campesino indígena -definiéndolo como una alianza étnica y de clase-, la cuestión de género y la religiosidad popular a través de las llamadas Comunidades Eclesiales de Base (CEB´s), que se articulaban ideológicamente a la Teología de la Liberación. En el sentido de lo anterior, lo importante durante mucho tiempo fue hacer trabajo de base para ampliar la militancia política, cuestionando la democracia como forma de Estado y sus instancias, es decir, las elecciones y el parlamento como espacio de poder. Las cuestiones militares nunca aparecieron o lo hicieron débilmente al final, cuando se empezó a discutir el tema de manera teórica y se movilizó a alguna gente -yo no estaba entre ellos- hacia escuelas de formación político-militar que otros grupos llevaban y a las que nosotros, como organización, nos articulamos.

Vino, sin embargo, la Caída del Muro de Berlín y con ello, el fin de los procesos de lucha armada principalmente centroamericanos -El Salvador y Guatemala[i]– y el fin de nuestra organización y la dispersión de todos hacia las actividades que, en la otra vida real, se llevaban adelante: el trabajo y los estudios. De hecho el fin de la militancia, en palabras de uno de los dirigentes, debía llevar a que “ahora cada uno se haga empresario”. La idea que en ese momento me pareció chocante, pues el empresariado siempre fue visto como el enemigo. Curiosamente ahora encuentra un cierto fundamento: revisando los casos de ex combatientes norteamericanos de la Segunda Guerra Mundial, observo como algunos de ellos, luego de su experiencia en la guerra, se desarrollaron como gerentes, propietarios, conductores de hombres en la vida civil. Y lo mismo significó para algunos miembros de la revolución salvadoreña[ii] que incluso se hicieron consultores en seguridad y contra terrorismo, de gobiernos que anteriormente habían sido calificados de “imperialistas”. Y es que ahora entiendo que la preparación de los dirigentes revolucionarios, era de tal naturaleza, que debía ponerlos en condiciones de conducir hombres, en cualquier situación. Veo que ahí hay algo… una sustancia común, en el militar y en el militante.

Siempre consideré un acto de sabiduría el “bajar la puerta lanford” del quiosko de la tienda política revolucionaria a la que pertenecía, pues me evitó el conflicto que habría significado el continuar en un espacio y en una acción que me hubiese enfrentado al único hecho cierto de toda esa militancia: el matar. Y es que, si éramos militantes revolucionarios, si continuábamos siéndolo, ese era el único -y verdadero- destino para el camino trazado. Otras prácticas, como las elecciones o la participación en las instituciones democráticas sólo podían ser espacios de acumulación de fuerzas, cuando no directamente lugares de contaminación de la ideología democrática de la burguesía.

Exploro las motivaciones de las que estaba hecha esa militancia y descubro la existencia de un orden de ideas al que llamo “la referencia paterna”. Pertenecer a la izquierda, en ese momento particular –los 80´s-, durante el gobierno de Febres Cordero, era para mí –con pocas dudas- hacerse cargo de las antipatías, los rencores y los odios paternos. Serrano de nacimiento pero radicado en Guayaquil desde temprano, con mujer guayaquileña e hijos nacidos en la ciudad, mi padre nunca pudo integrarse de una manera tal que dejara de repetir lo mal que lo habían hecho pasar las élites económicas y políticas de la ciudad, “los patricios”, como le gustaba llamarlos con tono despreciativo. Por otra parte, y en un momento relajado, caminando con la novia, también militante, por el barrio burgués en el que vivía, descubrí en mi decir, lo que de rapiña tenía mi militancia: “…esa casa será nuestra”.

Hubo también mucho de fantasía -ahora lo puedo reconocer- en esa experiencia militante…y esa fantasía era militar y estaba vinculada con la guerra. Recuerdo que conversaba con un compañero –así nos llamábamos a nosotros mismos- sobre los temas prácticos y operativos, sobre los uniformes -cosas que ahora se me antojan infantiles, como si son de tal o cual color- y las armas y sobre las guerras revolucionarias.

Y ya en ese entonces, sabía que mi adscripción a esa organización política sólo podía darse en función de “lo militar”, donde la referencia  a la clase o a la etnia -como motivación para ser militante- no podía ser más lejana a mí, pues yo no era sino un pequeño burgués y blanco-mestizo a todas luces. Y era una referencia poderosa que, como he dicho arriba, enganchaba en su origen -ineludiblemente- a lo paterno. Mi padre era militar -oficial de marina para ser preciso- y a partir de él construí ese imaginario lleno de historias épicas, escuchadas en muchos días de infancia. Ahí se instaló el ideal de ser militar. Ahora bien, este ideal -me pregunto- ¿tenía la verdadera fuerza de los ideales? es decir, ¿era un mandato que impulsaba a la acción? Desde el principio, la referencia ineludible -rodeada de significantes guerreros: Héctor y Aníbal, los dos nombres de mi padre; Guerra, el apellido de su madre- se mostró ambivalente frente a lo militar: él, quería ser médico, pero el abuelo le puso como única opción ser militar; era crítico al mundillo de intrigas al interior de la Marina pero logró ascender hasta un grado relativamente alto y siempre estuvo agradecido de pertenecer a ella, a pesar de considerarla una fuerza conservadora y de cuestionar –en privado, esto es, solo frente a mí- una parte fundamental de su historia: el combate naval de Jambelí[iii].

Si el ideal estaba cuestionado desde el origen, ¿por qué entonces continuaba ahí dentro? Por obedecer, porque ser militante era ser obediente -aunque los dirigentes hablaran de la necesidad de la  reflexión teórica y de la adaptación creativa del marxismo a las condiciones concretas de la realidad ecuatoriana- y también ser eficaz;  era ser autocrítico  y sobre todo era ser sacrificado, es decir, sacrificar-se el sueño, el descanso, el estudio, la familia, los padres, los amigos…era ser sacrificado, ahora en el sentido de prestarse para el sacrificio… La fantasía imaginaria del sacrificio heroico de uno que salva al resto: “yo me quedo, ustedes sigan…” como aceptación consciente o “Muere, pero salva a tu hermano!!!!”, como imperativo.

Continuar dentro era también sostenerse en la creencia narcisista de pertenecer a un grupo distinto, compacto, resuelto, pero que sobre todo, pretendía hacer la guerra, usar armas. Estaba ahí para continuar obedeciendo: de las órdenes del padre a las órdenes del dirigente.

No puedo ver ya sino lo de infantil-insensato de ese “continuar ahí dentro”: no tenía idea de lo que podía ser una buena pelea, -nunca había peleado-, y por supuesto la realidad de la muerte provocada en un enfrentamiento era totalmente ajena a mí. Conocida sólo por lecturas, podía intuir que la muerte en batalla debía dar lugar a una especie de perplejidad en la que, el momento del primer disparo se vuelve eterno hasta que alguien decide dar el paso. Y luego, hubo dos momentos que representaron un quiebre: uno político -la maniobra al interior de la organización para apartar de la dirección a alguien que tenía una posición distinta, me abrió los ojos respecto a la fantasía en la que estaba metido…estas personas peleaban el poder y yo creía que todos éramos compañeros; el otro coincidió con la enfermedad y muerte de mi madre y –ahora lo veo así- el sacrificio que hice del tiempo en que debía cuidarla. Yo sacrifiqué por la militancia el tiempo que debía estar con ella pues, hasta un poco antes de que su condición empeorara, todavía participaba en reuniones y discusiones. La noche de su velorio, en que me encontraba atareado en los trámites propios de la circunstancia, aparecieron dos dirigentes que, luego del pésame, no volví a ver más. Y a los pocos días ya era requerido para unas tareas. Nunca, mientras duró su agonía, ni después de su muerte, alguno de los miembros de la organización me llamó para preguntarme o para simplemente decirme que me fuera a mi casa a atender a mi madre. Su muerte me dejó devastado, pero la actitud de mis compañeros de partido me dejó resentido. Si la ambivalencia respecto a lo militar había marcado mi relación con la guerra y el partido, la muerte de mi madre, terminó de colocarme en el lugar en el que ya había estado antes, mientras hacía de activista, el lugar de la pregunta: ¿qué hago yo aquí? En este sentido, la Caída del Muro de Berlín solo fue un acontecimiento que determinó una consecuencia político-administrativa, pues desde mucho antes yo cuestionaba mi militancia.

Entre Patton y Hanson.                                                                                               

Alguna vez leí –y me identifiqué- con una frase de Patton[iv]: cuenta uno de sus biógrafos que, viajando en su vehículo, por una Francia destruida se detuvo y viendo el panorama exclamó “La guerra es el más importante empeño humano…cómo me gusta”. La frase puede resultar para algunos, -en nuestra época, que pone el acento en las virtudes de la comunicación y la negociación de conflictos- una curiosidad del pasado; para otros puede ser chocante, pues remite a un evento del que normalmente no se desea conocer nada, como no sea en plan entretenimiento cinematográfico y televisivo. Y es que las matanzas y el sufrimiento que trae la guerra, a más de evidenciar a lo largo de la historia “…un trágico aspecto, casi inevitable, de la existencia humana.”[v], son el tipo de cuestiones que a la gente, en las reuniones sociales, no le interesa. Luego, para mí, siempre fue una especie de vergüenza, admitir el gusto –no solo el interés- sobre el tema. Pocos, como no sea en contextos especializados, desean, pueden o saben hablar de una actividad tan poco feliz, y pocos son los que pueden comprender a aquellos que muestren entusiasmo frente a ella.

La identificación con Patton no era más que otra forma de expresar lo insensato de mi gusto,  compuesto de una colección de imágenes: las fotos, los mapas, los uniformes, las flechitas dentro de los mapas, la simbología, los colores. Todo muy descriptivo, técnico e histórico. Y realmente me gustaba pues, los pocos recursos que tenía los invertía en esa literatura, en un aprendizaje más fuerte y con mayor sentido que el del colegio. Y sin embargo, en esa lectura intensa y extensa, que quedó grabada en mi memoria con mucha facilidad, no había nada para pensar la  dimensión subjetiva de la guerra y sus consecuencias en términos de sufrimiento humano.

Y bueno, debo admitir ahora que en todo esto hubo un gran malentendido, porque de la guerra, ni siquiera podía hablar con mi padre, a pesar de ser él, el “causante” de todo este gusto. En efecto, nunca me impulsó a pertenecer a las FFAA, por el contrario, intentó en varias oportunidades cultivar en mí el gusto por la literatura y el arte. De hecho a él le gustaba verse más como escritor -escribía cuentos desde joven- que como hombre de acción, a pesar de haber participado en la Guerra del 41 y posteriormente, en 1942, haber estado metido en la selva haciendo la frontera.

En algún momento del nuevo siglo, mi relación con la guerra cambió y lo noté por la vía de las lecturas. Ya no era de mi gusto –al menos, no prioritario- adquirir el gran atlas o la colección que me detallaba los planos de la batalla X, o el orden de batalla del ejército Y, o el gran libro de fotos de la Segunda Guerra Mundial. Ahora buscaba algo que estuviera a medio camino entre la filosofía, la antropología y la sociología. Pienso y siento que era una manera de relacionarme con la guerra desde un saber a construir, pasando por lo simbólico, dejando –si se puede- en parte lo imaginario, el interés por la figurita. Al menos, así fue como empecé a enunciarlo en esta década y en parte a asumirlo con las lecturas de Hanson, Keegan, Kagan, Tucídides[vi].

Si este cambio es fruto de mi paso por el análisis –en un lapso que no ha sido poco- no puedo afirmarlo. Soy cauto en ello. Pero puedo decir que, si antes el compromiso con una empresa violenta podía encontrarme en una cierta ignorancia y por consiguiente colocarme en una cómoda e irresponsable posición, ahora, es más difícil.

El ideal de la destrucción por la vía revolucionaria, ha caído, aunque tengo que reconocer por todas las razones expuestas, que nunca fue muy sólido. Lo militar que animaba la militancia y que yo, pensaba, venía de mi padre, siempre estuvo marcado por la ambivalencia que de entrada él mismo planteó. Sin embargo, también tengo que asumir que ha existido en la subjetividad un desplazamiento, que pone en entredicho los proyectos colectivos, los horizontes utópicos.

No me he vuelto pacifista, me siguen gustando la guerra y las armas. Asumo la violencia como una realidad de la estructura o de la “naturaleza” humana, pero trato de ubicarle un lugar en mi vida, donde la práctica sea la construcción de un saber a ser dicho sobre la guerra. Que es mejor –por el momento- hablar de ella que hacerla y, quizás, así me aproximo de otra manera a la referencia paterna, superando el malentendido pues, al fin y al cabo, él no quería que fuese un matón y un asesino sino un intelectual.

En esta línea, si existe un resultado, es del orden de un saber sobre la guerra y la violencia en general. Es una comprensión, o un intento de lecturas más reflexivas y sistemáticas. Sin embargo –y aquí apunto a ese terreno que militarmente es denominado “la tierra de nadie”- transito aún entre Patton, “…un verdadero luchador”[vii] y el intelectual que deseaba mi padre. El imaginario de la violencia y de la guerra, el gusto por ella, está aún presente, pero de otra manera. Es como si estuviese contenido. Y ese estado no se sostiene solo en la construcción de un saber decir sobre la guerra y la violencia, expresión del desplazamiento del interés subjetivo, cuestión que me colocaría en el “lado intelectual” de una fórmula imaginada sino, quizás, de un efecto de tipo ético y hasta moral: desear hacer la guerra a otros –cosa que aún sucede en mi cabeza- ineludiblemente me lleva a un cuestionamiento a otro nivel, apalabrado con dificultad: sabiendo lo que he aprendido en mi paso por el análisis y lo que aún me queda por aprender de la guerra y sus razones, siempre me estrello con la pregunta acerca de lo justo y moral que significa hacer la guerra a otro. Pero al mismo tiempo, observando la emergencia de lo real en el mundo contemporáneo, y más localmente, la reedición de tendencias totalitarias, me pregunto: ¿cómo respondería, enfrentado a una situación generalizada de agresión política, que nos pusiera en riesgo a mí y a los míos?

[i] En Colombia, sin embargo, continuaba la lucha armada las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, el Movimiento 19 de Abril  y el Ejército de Liberación Nacional.

[ii] Joaquín Villalobos, Comandante del Frente Farabundo Martí  para la Liberación Nacional.

[iii] El combate naval de Jambelí, representa una fecha fundacional en la Marina de Guerra del Ecuador. Ocurrido el 25 de julio de 1941, durante la guerra contra el Perú, es el encuentro entre el cañonero ecuatoriano BAE Calderón y el destructor peruano BAP Almirante Villar. Del lado ecuatoriano, el enfrentamiento es narrado con características épicas; por el contrario, del lado peruano, el encuentro es insignificante. Con todo, lo relevante de esta historia –que mi padre destacaba- era que, el comandante del buque ecuatoriano al ver a su enemigo, giró 180 grados, esto es, dio media vuelta para regresar a Puerto Bolívar, siendo seguido a distancia y en paralelo por el buque peruano, de mayor tonelaje y capacidad de fuego. El asunto se saldó por la pericia de los artilleros ecuatorianos que –de acuerdo a la historia contada durante años- lograron sendos impactos en el buque peruano, dejándolo fuera de servicio.

[iv] En la biografía de Charles Withing.

[v] John Keegan, Historia de la Guerra.

[vi] Victor Davis Hanson, Matanza y Cultura, Guerra. El origen de todo; Donald Kagan, Sobre las causas de la Guerra y la preservación de la Paz; Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso; John Keegan, “Historia de la Guerra”, “El rostro de la batalla”.

[vii] Charles Withing.

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