MESA PREPARATORIA: El tratamiento de lo femenino y el arte

¿Qué hace feliz a una mujer?

Por: María Leonor Baquerizo

Cuando escuché esta pregunta, vinieron muchas ideas, pensamientos, cosas, sensaciones a mi mente; pero definitivamente no me pude quedar con nada de manera particular, no encontré una respuesta única. Pensé en algunos textos leídos,  en donde esa felicidad se producía a partir de un hecho cualquiera (pensando en “cualquiera” como en algo muy trivial muchas veces) y; es que la literatura, es capaz de  expresar de manera más clara, sensaciones que a simple vista  pasan inadvertidas.  Me voy a referir a dos textos en específicamente; Paseo del chileno José Donoso y Amor de Clarice Lispector.

El personaje femenino en ambos textos vive como en mundo encantado. Encantado en el sentido de apariencia feliz, completo para los ojos de los otros. Empezaremos por Paseo; texto en el cual el narrador va construyendo al personaje femenino con características muy definidas;   para luego mostrarnos a las dos Matilde.  La tía Matilde; como centro de  un mundo masculino, hermanos y sobrino; en una casa que “no era alegre”; por no decir “era triste”. Conozcamos algo más de la tía Matilde: “Tía Matilde nació única mujer-mujer fea- además- en una familia de varones apuestos, al darse cuenta de que su matrimonio era poco probable, se consagró  a velar por la comodidad de esos hombres (…) Además … no tener hambre ni frío  ni incomodidad es la base para cualquier bien de otro orden. (…) y al ver miseria o debilidad en torno suyo tomaba medidas inmediatas para remediar lo que, sin duda, eran errores en un mundo que debía y tenía que ser perfecto.” (…) “Aquí residía el vigor indiscutido de tía Matilde, alimentando por medio de él  las raíces de la grandeza de sus hermanos, y aceptando que ellos la protegieran porque eran hombres; más sabios y más fuertes que ella” (…) “Esto, para ella era la vida, esto y los problemas de la casa.”

El narrador cuenta desde su mirada de niño, un hecho que para él no tuvo explicación, ahora adulto sigue esperando respuesta. Caracteriza con mucha fuerza la personalidad de Matilde, su mundo, su alegría, su única mirada hacia la vida. Yo como lectora miro en dos direcciones: paraíso y prisión, cielo e infierno (cielo su casa, infierno todo aquello que rompe el orden establecido), protección y encarcelamiento, lealtad y compromiso. El personaje femenino se encierra en lo que para ella es “todo” en su mundo real, parecería no faltarle nada. Sin embargo, este personaje parece verse en la mirada de otro, en este caso, de una perra blanca cualquiera, producto de la calle; cito: “era pequeña y blanca, con las patas demasiados cortas para su porte y un feo hocico puntiagudo que pregonaba toda una genealogía de mesalianzas callejeras, resumen de razas impares que durante generaciones habían recorrido la ciudad buscando alimentos en los tarros de basura y entre los desperdicios del puerto.” (…) “mi tía miró a la perra y los ojos de la perra se cruzaron con su mirada.” Así, en silencio, sin más lenguaje que el de la mirada, que el del cuerpo, Matilde ve y siente algo que la hace olvidar el orden de lo “perfecto”, y se da una relación de experiencias nuevas, desconocidas para ella, mas muy placenteras, hasta el punto de desvanecer todo y entregarse a aquello que había descubierto y le producía placer.  Algo que ninguno de los hermanos podía entender y ni siquiera se atrevían a nombrar. La perra blanca con su “trasero desvergonzado” y la tía Matilde, que “dejó de ser una dama que sacaba a su perra por razones de higiene, entrelazadas por ese  “algo” oscuro que era demasiado evidente; como dice el narrador: eran solo dos seres unidos; y esto producía en ella una gran paz que suavizaba su rostro.

 “Algo había cambiado en la casa al introducirse un elemento nuevo que contradecía todo orden”. Es como narrar desde el  color blanco para  la perra,  blanco como símbolo de pureza, de claridad, de autenticidad; y es donde entran estas nuevas sensaciones, sin explicación, sin culpa,  eso nuevo que le producía un  placer especial. Una perra blanca que solía terminar  muy sucia. “Era la vida nueva. (…) Yo sentía que la perra era la más fuerte de las dos, la que mostraba y enseñaba cosas desconocidas a tía Matilde, que se había entregador completo a su experiencia.”

Curiosamente los  personajes masculinos prefieren no ver, es decir, hacer como que no veían, porque mirar era aceptar el desmoronamiento del orden mediante la intrusión de lo absurdo. Tan duro como la maciza y pesada puerta de la biblioteca, era entender esa nueva  vida, ese nuevo goce, que preferían no avanzar más allá.

Cito: “Al verla pasar frente a mi cuarto con la perra blanca envuelta en sus brazos, su rostro me pareció sorprendentemente joven y perfecto, aunque estuviera algo sucio, y vi que había un jirón en su falda. Esa mujer era capaz de todo, tenía la vida entera por delante”  “…jamás supe si tía Matilde, arrastrada por la perra blanca, se perdió en la ciudad, o en la  muerte, o en una región más misteriosa que ambas.” La mujer, el cuerpo, el orden.

En el otro texto al  cual voy a referirme, Amor de Clarice Lispector, descubrimos a un personaje femenino que parece haber encontrado la  felicidad total, pero dentro de sí había un “íntimo desorden” que ella no permitía escapar. Y es que Ana, nombre del personaje,  pensó que había descubierto que se podía vivir feliz sin felicidad.

Cito: “Por caminos torcidos había venido a caer en un destino de mujer, con la sorpresa de caber en él como si ella lo hubiera inventado. El hombre con el que se casó era un hombre de verdad, los hijos que habían tenido eran hijos de verdad. Su juventud anterior le parecía tan extraña como una enfermedad de vida. Había emergido de ella muy pronto para descubrir que sin felicidad también se vivía: aboliéndola, había encontrado una legión de personas, antes invisibles, que vivían como quien trabaja: con persistencia, continuidad, alegría. Lo que le había sucedido a Ana antes de tener su hogar ya estaba para siempre fuera de su alcance: era una exaltación perturbada que muchas veces había confundido con una insoportable felicidad. A cambio de eso, había creado algo al fin comprensible, una vida de adulto. Así lo quiso ella y así lo había escogido.”

Ana trata de vivir una felicidad de acuerdo a algo establecido, defiende cuidadosamente eso creado por ella. “Ella había apaciguado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no explotara.” El narrador nos muestra este personaje en constante batalla contra sí misma. Una mujer que necesita estar haciendo cosas de casa, de su nueva vida, la escogida,  para no pensar en aquello que realmente la haría feliz, o que creyó en un tiempo que así sería. Pero existía un momento que resultaba muy peligroso, peligroso porque podría pensar y sentir; y eso podría desordenar su vida ya trazada. Nuevamente están la tensión y confusión, el paraíso y prisión, la protección y el encarcelamiento, libertad y condena,  la bondad y la maldad; estos espacios paralelos de donde se desprende un goce falso. Y es en un día cualquiera que Ana ve a un ciego “feliz”, un ciego masticando chicle, lleno de felicidad, y cómo concebir la felicidad con un defecto así.  Cómo se puede ser feliz si no era perfecto para los otros. Un ciego la hace indagar en su interior y comprobar muchas cosas que no ha querido ver; porque Lispector va creando mundos a través de la palabra, permite que habitemos en su texto, en donde las sensaciones  cobran vida y fuerza a  partir de instantes mínimos.   Es interesante como el personaje se confunde dentro del Jardín Botánico, y se descubre a sí misma, como en un fluir irracional en el no ser, una nueva dimensión, en otro mundo.  Cito: “En el jardín se hacía un trabajo secreto que ella empezaba a advertir. En los arboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. (…) La crudeza del mundo era tranquila. El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.” (…) “¡Ah!, ¡era más fácil ser un santo que una persona!”. Acaso será porque un santo es capaz de renunciar, una persona solo siente, y siente con mucha fuerza, desordenadamente, cómo se detiene eso. Un ciego la hizo pensar, la llevó hasta lo peor de sí misma, qué es la felicidad, no lo pudo responder; porque eligió aquello impensado antes. No todo lo negro, grotesco o diferente… tiene que ser malo, hay un encanto, en la bondad y la maldad. Lo que para ella era felicidad, no era entendido por los otros, no era nada de lo establecido. Volver a su nueva vida, le devolvía esta falsa felicidad.

“Había atravesado el amor y su infierno, ahora se peinaba delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.”

Tanto en el primer texto como en el segundo, se usa la escritura como forma de escape para verse comunicado en el otro o consigo misma. No se necesita mucha explicación, la literatura te lleva por caminos y sensaciones que dicen más que lo que está escrito. Una perra, un ciego; son capaces de producir  miedo, gusto, llanto, pena, alegría, juventud, asco; en un instante en que solo cada personaje es capaz de mirarse, de llenarse de sensibilidad, al igual que cada mujer. ¿Qué quiere una mujer? Todo.

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