MESA PREPARATORIA: El tratamiento de lo femenino y el arte

El tratamiento de lo Femenino en el Arte

Por: Sonia Manzano vela

Confieso que para mí constituyó un verdadero desafío confrontar un texto que bajo el titulo El tratamiento de lo femenino en el arte, Mayra de Hanze * pusiera a mi alcance con el objeto de que contara con un sustento teórico básico que me permitiera participar con decorosa solvencia en la mesa de conversación sobre “los tratamientos de lo femenino en el arte” a la que fuera invitada por La Nueva Escuela Laconiana, NEL, en el marco de su Primera Jornada de Escuela.

Y me ratifico en esto de haber considerado un “desafío” la tarea de desentrañar el texto mencionado, debido a que soy neófita en el conocimiento de la Psicología como ciencia profunda, lo que me impide manejar con la experticia necesaria los rudimentos freudianos y lacanianos más elementales.

No obstante, luego de dispensarle no pocas lecturas al texto en mención, este me hizo importantes revelaciones que cautivaron mi interés de inmediato, las que me permitieron establecer nexos de afinidad entre mi condición de mujer escritora y ciertos enunciados de Lacan, personaje que siempre me ha inspirado una mezcla de admiración y sobrecogimiento por el peso lucido y a la vez desestabilizante que posee su palabra científica.

Mi intervención en la mesa aludida, en la que compartí el rol de panelista con tres versados conocedores del tema, se circunscribió a emitir someros comentarios acerca de cómo considero que se articula el arte a lo femenino y viceversa, labor que emprendí no sin antes  haberme detenido en un párrafo muy sugestivo del escrito en el que me apoyé todo el tiempo, el que aludía al cómo había conceptuado Sigmund Freud a la sexualidad femenina, para lo cual había tomado el mismo modelo fálico que estableciera para el hombre.

Confieso que me sorprendí intensamente al enterarme de que Freud, tomando como instrumento de análisis nada menos que al “falo”, había arribado al descubrimiento de que la mujer genérica se percibía a sí misma como un “animal castrado”, a causa de no poseer miembro viril, falencia que, siguiendo a Freud, ha generado en ella la llamada “envidia fálica”, sentimiento que la hembra de la especie humana ha tratado de sobrellevar, más inconsciente que conscientemente, apelando a tres salidas “heroicas”, las que el científico austriaco enunció como las siguientes: a) trayendo un hijo al mundo, que con su falo a cuestas compense la ausencia de este miembro en la entrepierna de la fémina; b) renunciando a toda actividad sexual; c) resistiéndose a aceptar la idea de que es un ente incompleto en el aspecto fisiológico.

Remitiéndome a mi caso personal y tratando de ser  lo más sincera posible, confesé en el desarrollo de mi intervención, que jamás había experimentado la tal “envidia fálica”, y que, pese a tener dos hijos varones, nunca, ni de lejos, se me había ocurrido pensar que los falos de estos tenían que llenar la ausencia del pene del cual carezco. No obstante, si esta carencia dentro de mi estado consciente, no ha tenido ni tiene ninguna relevancia, quizás sí parece tenerla, en mi “yo subconsciente”, al que ahora he llegado a considerar el causante de que en mi poesía, de manera recurrente, aflore la imagen de la castración a través de versos que hablan de amputaciones, ablaciones y cercenamientos, los que no dejan de causarme desconcierto al asociarlos al tema de “la envidia fálica:

“Ahora acaricio

un mal recuerdo del amor

con mi mano amputada”.

 

“Como exigirle a mi cactus

que dé peras

si en el solo se posan

los silbos de los pájaros castrados”.

Al proseguir en mi exposición, hice un alto necesario en un apartado muy sugestivo, el que tuvo la invaluable virtud de esclarecerme, en forma didáctica, de qué manera Freud y Lacán, respectivamente, habían establecido la diferencia entre el sexo masculino y el femenino, gracias a lo cual pude caer en cuenta que si para Freud el falo u órgano viril marcaba, desde el punto de vista anatómico, la diferencia entre los sexos, para Lacán, la frontera entre ambos está demarcada por la manera como cada uno de los géneros asume el goce o placer sexual.

El tipo de goce que diferencia a la mujer del hombre, según Lacán,  es el llamado “goce otro”, uno que está más allá del goce carnal establecido, el que tiene como resultante irremediable de su disfrute no apenas el clímax fisiológico, sino otro que puede ser categorizado como “sublime”: el clímax mental, que es al que puede acceder, con mayor complacencia y frecuencia, la mujer genérica, aunque pienso que no en términos exclusivos, pues sería necio negar que han existido, y que de hecho existen hombres que pueden experimentar el “goce otro”, como es el caso de los místicos, tal como lo destaca el interesante texto de Mayra de Hanze, los que al haber accedido a un estado de éxtasis consiguieron, si no la levitación del cuerpo, sí la del alma (pienso en San Juan de la luz y Santa Teresa de Ávila).

El “goce otro”, tal como he llegado a entenderlo, no tiene que contar con la medición del sexo. Resulta irrelevante discutir si pasa por este o si se lo salta, si hay o no el cuerpeo fisiológico, pues más que el placer físico a causa de fricciones obvias, cuenta para acceder al goce mencionado, la cópula entre el placer y la mente. Ilustran de alguna manera lo ya expuesto, estos versos de mi autoría:

“Por la simple fricción de las palabras

se llega al éxtasis

en esta, mi primera relación con el texto,

textualmente me revuelco en el lenguaje”.

Y hablando de “palabras” se asevera que el “goce otro” no ha alcanzado su definición por medio del lenguaje, `por lo que no existe un concepto que logre encerrar su significado; pero, ¿acaso ese sentimiento de impotencia para nombrar lo innombrable no ha sido el acicate que ha movido a la mujer creadora para que verbalice sus demonios interiores, sus misterios gozosos y dolorosos a través de los varios lenguajes del arte? La pintura, la danza, la música, la escultura y muy especialmente la literatura, se presentan como los continentes ideales para que en ellos las artistas  desagüen las “aguas” que las desbordan, las angustias existenciales de las que han estado presas sus voces, sus ansias de infinitud y sus sueños, muchas veces castrados por los prejuicios de todo orden que cunden “a millares surgir” en una sociedad altamente prejuiciosa.

El “goce otro”, entonces, está ubicado en una dimensión platónica, es decir en un nivel abstracto. Disfrutar de este tipo de goce, diferente a cualquier otro goce conocido, ha traído para la creadora el autoconvencimiento de que es culpable de un delito que no alcanza a definir, cuyo cometimiento fue propiciado al haber caído bajo la poderosa seducción del subyugante “goce otro”.

No son pocas las creadoras, en especial las literatas, que han sido señaladas por el dedo acusatorio de una posición moralista dentro del Arte, la misma que en un pasado no muy lejano censuraba el hecho de que  en las iglesias se exhibieran imágenes y esculturas de ángeles desnudos.

Los cuestionamientos que tildan de impúdicas a ciertas escritoras de palabra desenfadada, no afectan mayormente, o “para nada”, a estas, lo que sí sucede con autoras que de grave manera han restado autenticidad a su palabra, al esconder lo que piensan y sienten bajo los cánones impuestos por una visión puritanista del Arte.

Ventajosamente, no  han sido pocas  las poetas de habla hispana que han escrito bajo la fascinación del “goce otro”, lo que ha provisto de intensidad expresiva auténtica a sus textos, a más de dotarlos de un valor cualitativo apreciable. De entre esta valiente cepa de creadoras, pienso en una de mis preferidas: la gran poeta uruguaya Delmira Agustini, quien tuvo que haber estado absolutamente posesa del “goce otro” para haber escrito los versos de bello y quemante erotismo que traigo a continuación:

“Amor, la noche estaba trágica y sollozante

cuando tu llave de oro

cantó en mi cerradura”.

Durante varios años de ejercicio poético no había sabido explicarme cúal era la energía febril que empujaba a mi pluma a escribir en la forma libérrima con que lo hice en un pasado y lo sigo haciendo en este presente:  ahora  sé que debo calificar a esa energía con el nombre de “goce otro”.

Sonia Manzano Vela

(Agosto 2017)

*Coordinadora del “eje tratamiento de lo femenino y el arte, Primera Jornada NEL, Guayaquil.

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