¿Qué quiere una mujer? Lêda Guimarães

Con la presente contribución concluimos la preparación a la Primera Jornada de NEL Guayaquil “Qué quiere una mujer?  Los tratamientos de lo femenino.  El Psicoanálisis y otros discursos”, a realizarse el Viernes 27 y Sábado 28 de 2017.

Varios analistas de distintas Escuelas bien provistos del affectio societatis que sostiene la Escuela Una, generosamente han participado con sus textos en esta etapa de estudio para nuestra Jornada.

Leda Guimaraes es ex AE de la Escuela Brasilera de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis.

Ha publicado algunos textos, entre ellos, disponible en nuestra Biblioteca, “Goces de la mujer”.  Y el más reciente “Una mujer y un hombre después del análisis”, lo encontrarán en la librería de la Jornada.

El texto que nos envía en esta ocasión recoge la pregunta de Freud ¿Qué quiere una mujer?

¡Lo impronunciable¡ dice Leda Guimaraes.  Exactamente en contraposición del goce fálico localizado.

Y sin embargo, una mujer puede localizarse en lo que no es nombrable, con el deseo de la pareja amorosa, experimentándose amada y desada.  Recorre de la devastación neurótica cuando esto fracasa, a la erotomanía, certeza de amor en la psicosis.

Su desarrollo señala también un punto clínico muy importante y de dificultad en la práctica, la ferocidad del superyo como perturbación de lo femenino.  Pero también propone una salida a la repetición inexorable, citando a Miller, “en un compromiso de deseo no mezquino, no económico de sí mismo”.

Tenemos aquí un desarrollo que nos introduce con pautas firmes en la Jornada.

Ana Ricaurte

¿QUÉ QUIERE UNA MUJER?

Por Lêda Guimarães

La pregunta “¿qué quiere una mujer?” fue mantenida por Freud como un enigma indescifrable hasta el final de su obra. Pregunta que se apoya en una creencia en la mujer, en una creencia en las palabras de la mujer, y más aún, en una creencia en los lapsus insondables de los entredichos incapturables de las palabras de una mujer…Por lo tanto es una pregunta que se direcciona hacia una satisfacción extraña, enigmática, no descifrable, no nombrable, ¡impronunciable…! Satisfacción que la norma macho, norma fálica, norma universal, norma de la normalidad, desconoce.

Formular esta satisfacción enigmática como goce femenino consiste en adoptar un término propuesto por Lacan, exactamente para  ubicar esta satisfacción como radicalmente distinta del goce de la normalidad macho. A partir de esta nominación, el goce femenino podrá ser formulado como ilimitado, continuo, expansivo e inclinado a la infinitización, exactamente en contraposición al goce fálico, que es limitado, restricto, localizado, evanescente.

Ya que la limitación del goce fálico adviene de un entrecruzamiento de la palabra con el real, es decir de un entrecruzamiento del registro simbólico con el registro real, así como formula Lacan, el goce femenino exactamente por no ser nombrable equivale a una experimentación de una satisfacción real incomparable. De tal modo, Lacan formuló en el Seminario de la Angustia, varias expresiones sobre las mujeres, exactamente para diferenciarlas de este límite del goce que los hombres están condenados: “a la mujer no le falta nada”, la mujer se revela como “superior en el campo del goce”, “el goce de la mujer es mayor que el del hombre”, “la mujer es mucho más real y mucho más verdadera que el hombre”…

Pero, para un hombre es casi insoportable preguntarse cómo goza una mujer, porque le resulta especialmente difícil que sus defensas estructurales no vengan a su socorro, produciendo las respuestas que más agradan a su propio goce de macho. De este modo Lacan vino a formular en 1967, en el Seminario 14: La lógica del fantasma, que “sostener la pregunta sobre el goce femenino” abre “la puerta para todos los actos perversos”.  Lacan lo confirma siete años después en  Televisión: “si el hombre quiere a la mujer, solo la alcanza cayendo en el campo de la perversión”. Formulación que generaliza la respuesta perversa del sujeto masculino que se debate con el Otro goce.

Por otro lado, las mujeres en su neurosis cuentan con otro instrumento para buscar localizarse en lo que no es nombrable. Tal instrumento es el deseo del Otro, más especialmente el deseo de la pareja amorosa que gana el privilegio de constituirse como el eje enigmático, para experimentarse, a partir de este deseo del Otro, como amada y deseada. Pero, sabemos que tal sueño de erotomanía solo es alcanzable en la psicosis, pues en la neurosis este sueño desemboca habitualmente en la devastación, que conviene ser denominada como goce superyoico, ya que se efectiviza en su carácter de imposición y mortificación. Esto resulta muchas veces en un sufrimiento insoportable que moviliza defensas que impiden el usufructo y la emergencia del goce femenino.

En tal fijación de goce de los humanos impera el gusto por la mortificación, sea en la degradación de objeto presente en los sueños masculinos de perversión,  o en la degradación femenina resultante de la demanda de amor. Esta fijación de goce presente en el mecanismo de compulsión a la repetición, se distancia radicalmente de la experimentación vivificante del goce femenino, como también de su aceptación y usufructo, ya que para tanto es fundamental que ocurra el quiebre de la ferocidad del superyó, para que desaparezca la angustia, el temor y lo insoportable frente a la oscuridad luminosa del goce femenino.

Para alcanzar tal transformación, hay un recurso inhabitual que fue muy bien formulado por Miller en el final del prólogo del libro de Bernardino Horne -Fragmentos de una vida psicoanalítica- [1] cuando Miller nos dice que “la repetición que acarrea toda una existencia en un movimiento inexorable no es un síntoma: se confunde con el propio ser. No se puede esperar esclarecerla y modificarla sino en función de un compromiso de deseo que no sea mezquino, ni económico de  sí mismo”

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[1] Horne, B., Fragmentos de una vida psicoanalítica.  Zahar, Río de Janeiro, 1999

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