Amor y sexo

Por: Piedad Ortega de Spurrier

*Producción presentada en el Congreso de la Asociación Mundial de Psicoanálisis del 2 al 6 de abril de 2018, Barcelona-España. 

El amor apunta al sujeto en cuanto le suponemos una frase articulada,  algo que se ordena  o puede ordenarse con toda una vida, hay que remarcar que un sujeto en tanto tal, no tiene mucho que ver con el goce pero que su signo  puede provocar el deseo.

Entonces siguiendo a Lacan ¿Dónde se juntan el amor y el goce sexual? Si entre los sexos en el ser que habla no se da la relación ¿Qué es lo que la suple?  Freud nos lo anuncia con el Eros, como esa función del dos vuelto en uno. Es por la vía del inconsciente y no de la relación sexual que se produce tal sustitución, ese es el destino del amor, pero también constituye su drama y telón de fondo en que se despliega la experiencia analítica.

Si Freud ubicaba en el amor al padre la causa de la neurosis, la intuición de Lacan se desplaza a lo que sucede entre los hombres y las mujeres, por esto pone su atención en aquellos que parecen no poder establecer dicho lazo, esto es en la psicosis. De esta manera Lacan nos trasmite como el amor en la psicosis permite aclarar los asuntos del amor en general, Miller destacará que el amor linda con la locura al señalar la escasa diferencia entre amor y erotomanía.

¿Qué sucede con el amor y el goce cuando no se encuentran ordenados por el Nombre del Padre? La propuesta de Lacan para responder a esa pregunta es pasar del orden a lo nodal.

Sus “tres”, que nos legó, el nudo borromeo, permiten leer como cada quien podría anudar a su manera lo imposible en la escritura de la relación sexual con aquello posible a escribir del saber inconsciente. Síntoma o suplencia, sea en la neurosis para hacer existir la no-relación sexual, sea en la psicosis en la posibilidad de un dispositivo que le permita a un sujeto defenderse contra lo intolerable del deseo del Otro. Por ende, el amor no es privativo de la neurosis, también es posible en la psicosis aunque si hay que destacar su existencia problemática.

El amor liga a un “uno” con otro “uno” en el que es posible reconocer el placer que llama a la re-unión en la realización amorosa. Cuando el amor se ubica del lado de la vida, consiente a algo que no se deja circunscribir dentro de la palabra amorosa o en los efluvios del sexo. Se hace evidente la presencia ineludible de una falta que da cuenta del deseo y de lo real. Cabe destacar que el sexo, al hacer resonar la falta, al no poder reabsorberse a través de las representaciones o en los destellos del goce, constituye un agente perturbador en la relación amorosa. El sexo introduce así un desacuerdo en la dimensión del goce que separa al amor del Otro.

El amor en el registro imaginario vela esta antinomia. Así, el amor neurótico no está exento de dificultades. Los modos de hacer con la falta en el amor son ampliamente formalizados por Miller en su texto “Los laberintos del amor” de 1992.

Las posibles coordenadas del amor en la psicosis son muy complejas, porque hay una carencia radical de la significación fálica, la dialéctica del deseo no es accesible y en consecuencia se aprecia una ausencia de defensas contra el deseo del Otro. Al mismo tiempo no se pone en juego un goce localizado en el Otro, ni un tratamiento de la falta y de la ausencia, por no contar el sujeto con el uso del semblante para suplirlas. Aun así Lacan sostiene que es posible el amor en la psicosis, al que lo califica “muerto”.

Es claro desde Freud, que el delirio puede ser “amado como a sí mismo” o amarse como un ideal, al punto de ocupar el lugar del partenaire.

Hay que destacar que el amor en la psicosis se apoya en identificaciones imaginarias rígidas, que ponen al sujeto en riesgo cuando esos otros al que se identifica se encarnan en el partenaire, en cuyo caso la distancia con él, desaparece y surge el estrago o lo peor.  

Sigamos el hilo, de los signos discretos, de enganches y desenganches, de las “desconexiones sucesivas”, hasta sus modos de compensación y de soluciones imaginarias.  El amor y la sexualidad también pueden producir suplencias y una relativa homeostasis.

Piedad Ortega de Spurrier

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