Delante del niño violento: ¿un marco o un borde?

Por: Alexandre Stevens

Extracto de la intervención del 20/09/2018 al Grupo Cereda de La-Roche-sur-Yon.

 Texto publicado en el blog de la Nel Guayaquil con la amable autorización de Alexandre Stevens.

Imagen de Google

Traducción: Mónica Febres Cordero de Espinel

Al final de su intervención “Niños violentos”, Jacques Alain Miller evoca la regulación del acto analítico en estos casos: “El analista debe, a mi juicio, proceder con el niño violento de preferencia por la dulzura sin renunciar a manejar, si fuera necesario, una contra-violencia simbólica”. (Miller, J.A., “Niños violentos”, Après l’enfance, Paris, Navarin, La petite Girafe 2017, pg. 207)

La dulzura, esta palabra sorprende un poco en este contexto. A menudo se está mas bien tentado a mostrarse firme para detener la violencia de un niño. Firmeza no se opone a dulzura, porque se puede actuar firmemente y hablar con dulzura. Voy a tratar de aclarar esta dulzura con algunos comentarios.

A. Miller matiza de entrada esta dulzura, porque “si es necesario hacerlo”, no se renunciará a manejar “una contra-violencia simbólica. Esta contra-violencia simbólica no puede reducirse al simple uso de un “no”. No es suficiente un dicho, hace falta un decir, una palabra que haga acto. No es un no, sino un “decir que no” (Lacan, en “El Atolondradicho”, Otros Escritos). Es el acto de la palabra lo que produce el efecto y no el contenido del dicho. El dicho enuncia una negación y corrige, pero es el decir que responde al sujeto y rechaza la violencia.

Quiero tomar un ejemplo clínico a partir de esta fórmula “decir que no”. (Collard E., « Un non qui dit oui, témoignage d’une éthique d’intervention » Courtil en lignes, n° 23.)). Se trata de un joven muy desbordado en la institución. Encuentra una paloma muerta en el jardín y exclama, listo a pasar al acto: “la vamoz a cortar para ver sus huesos”. Es claro que está al borde de un goce que lo va a invadir y que hay que detener. La interviniente que lo acompaña le dice: “Eso no funciona, no podremos ver los huesos así, es muy difícil cortándola, es mejor enterrándola y en algunas semanas se encontrarán sus huesos blanqueados”. Inmediatamente calmado, el joven ejecuta la operación. Si se lo hubiera negándo bajo la forma un dicho que prohibe, no habría funcionado. En cambio, la interviniente respondió bajo la forma de un decir que no, un acto de palabra que limita el goce y coloca un semblante.

J. A. Miller hace dos precisiones: “No se aceptará a ojos cerrados la imposición del significante “violento” por parte de la familia o la escuela”. Y: “no descuidemos que hay una rebeldía del niño que puede ser sana y distinguirse de la violencia errática. Estoy por acoger esta rebeldía porque una de mis convicciones se resume en lo que el presidente Mao había expresado con estos términos: “Hay razón de rebelarse”. (Miller, J.- A., « Enfants violents », op.cit., p. 207.).

Distingamos pues el uso del significante violento para referirse al comportamiento de un niño, de lo que se manifiesta efectivamente como violencia en él. Y entonces esta violencia puede ser una rebeldía sana contra condiciones injustas.

Se debe distinguir de lo que constituye el problema en los niños violentos, es decir una violencia errática, que es la pulsión sin el desvío del síntoma. El sujeto erra en estos casos, no se reviste de semblantes y se separa del Otro. No errar es aceptar hacerse incauto de los semblantes. Lo que se trata de lograr en estos niños desarticulados del Otro y de sus semblantes, no es que entren en regla, que se sometan a la ley. Es que comiencen a hacerse incautos de uno que otro semblante. En los niños violentos, “Las dos palabras están escritas en plural, el niño violento no es un ideal-tipo” (Ibid, p.195), ni una estructura subjetiva- la violencia no hace síntoma, la pulsión no se ve desplazada y el goce no aparece ni reprimido ni forcluido, bajo la forma de la pulsión de muerte, de la pura destrucción. Es correlativo del hecho que el sujeto erre, fuera del síntoma. Y por tanto la dulzura es el revés de una respuesta en el eje imaginario, es lo contrario de una contra-violencia. Apunta a introducir al sujeto a los semblantes y al saber, como en el ejemplo de la paloma muerta.

Hay una paradoja en hablar de dulzura concerniendo al acto del analista. La dulzura no es la gentileza ni la vigilancia, la dulzura es una cuestión de tono. Pero hay una violencia de la interpretación: la puntuación que sorprende, el corte de la sesión, el desacomodar la defensa- ninguno de estos términos evocan la dulzura. El principio mismo de la cura no es sin una cierta violencia cuando ésta consiste -frente al síntoma- en hacer descubrir al sujeto que ahí donde sufre, encuentra también una satisfacción.

Que el analista proceda con dulzura con los niños que tienen fenómenos no sintomatizados que implican al cuerpo, evoca la posición conocida a sostener dentro de la transferencia con algunos psicóticos. Hace falta que el Otro que se presente ante ellos no sea invasor, ni persecutorio. Tampoco un Otro todo-potente sino un Otro barrado, que no sabe en el lugar del sujeto.

Esto no quiere decir que los niños violentos sean psicóticos, sino situar la posición que debe sostener el analista frente a ellos: “no atacar de frente. No olvidar que no le corresponde al analista ser el guardián de la realidad social, que el analista tiene el poder de reparar eventualmente un defecto en lo simbólico, o de reordenar la defensa, pero que, en ambos casos, su efecto  se produce lateralmente” (Ibid., 207). Ni policía ni consejero frente a estos sujetos.

Hay en la violencia de estos niños fuera de síntoma, una parte de ilimitado, un goce mortífero sin riendas. La respuesta que se les da a menudo, en el campo social y en las instituciones, es que les haría falta mayor encuadre, más reglas. Y que estos reglamentos sean impuestos al sujeto, contra sí mismo. Hay que decir que tal posición está condenada al fracaso pues se trata de sujetos para quienes los semblantes simbólicos no operan.

Frente a este goce sin límites, no es un marco lo que conviene, ni una ley, sino la constitución de un borde. Este goce no está bordeado. Conocemos estas situaciones clínicas sin borde. En el autismo, es la forclusión del agujero (Laurent, E. La Batalla del Autismo), y en la esquizofrenia es el defecto en la constitución de la imagen. Lo mismo se produce cuando el sujeto presenta fenómenos fuera de la represión.

¿Cómo constituir un borde? El borde a constituir es entre lo real y el saber, entre un goce que desborda y el campo del significante en donde se trata de decir una parte. Este borde Lacan lo nombró: la función de la letra. Así puede reducirse para el sujeto el peso del sentido, lo que permite a la violencia ceder su lugar a la palabra. Hacer borde es introducir la dimensión del semblante.

Algunos de estos sujetos pueden producir su propia solución, como las de los juegos verbales que producen el rap (Cf Maugin Ch., cas présenté dans une conférence au CEREDA.) en donde la injuria recibe una envoltura que la transforma en esfuerzo de poesía: a la vez dulzura y violencia.

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