Un decir que violenta. O, un esfuerzo más de poesía

Por: Ana Ricaurte

Participando en el Encuentro entre Bibliotecas de la NEL sobre Arte y Psicoanálisis para dejarnos enseñar por el arte y trabajar el tema Odio, cólera, indignación, pudimos abrir dos puertas: la del cine, con la película Rabia del director quiteño Sebastián Cordero y un recorrido por la escritura de dos guayaquileñas, María Fernanda Ampuero y Mónica Ojeda.  Recorrido gozoso al ir descubriendo otras obras más.

Una buena ocasión para escoger un primer texto y una autora fue asistir a la presentación de María Fernanda Ampuero y su libro de cuentos “Pelea de gallos”.  La presentadora le dice “No escribes sobre lo terrible, escribes en terrible…  Hay una acción política allí”.  Responde Ampuero. “Porque hay cosas indecibles en la familia, que necesitan monstruas[1] para decirlas.  Crecer en familia es una acumulación de daños…   La familia aquí es monstruosa porque hay un canon del que es muy fácil salirse, se camina en cables”.  “No se admite el queer, no se admiten los cuerpos distintos, la pesadumbre, la enfermedad mental”.  Su lugar de enunciación en su escritura es la rabia, la furia.  Fuera de la ficción, también.  Lo reivindica.

Continuamos con “Mandíbula” y “Nefando” de Mónica Ojeda.  Son obras que hacen una revelación indignada de la violencia y la afrenta en las relaciones familiares y reciben prestigiosos premios literarios aquí y fuera del país. En esta coyuntura me acojo a la frase de Lacan en Kant con Sade, tienen que transcurrir 100 años en las profundidades del gusto para que surja este momento que privilegia decir lo que no se dice de la familia, una enunciación con rabia, y que despierte tanto interés por leerla.

María Paulina Briones, editora y crítica literaria,  nos guio  a una serie de obras[2] impactantes por la fuerza de transmisión de estas pasiones, y al mismo tiempo por un decir poético,  que define Briones como descenso a un borde y poder escuchar algo, allí donde los demás sólo captamos un murmullo. “La palabra poética penetra en lo inefable, penetra lentamente en la noche de lo inexpresable”.  En “Nefando” fluye la poesía  para dar movimiento a una historia sobre el límite de la novela, la creación  o  sentido del arte, indaga todo lo que en el lenguaje se construye como zona oscura.  El compendio de episodios de violencia infantil, necrofilia, incesto, transformado en lírico se vuelve desconcertante.  Dice Ojeda “mi madre nunca nos buscó, crecimos en casa hecha de líquenes donde el silencio se ensanchaba de extremo a extremo y nos mecía como si pudiéramos dormir con la boca cerrada”.

Lacan en el Seminario 17, indica la posición de objeto del niño y cómo su cara de desecho podrá ser recubierta por el deseo de aquellos que lo acogen. Cada uno de nosotros, dice él, es “determinado primero como objeto a”, en la medida en que somos “cada uno aborto de lo que fue, para quienes le engendraron, causa de deseo”[3].

Ampuero, en su cuento Subasta se sirve de la ironía que hace fluir la densidad de las vivencias infantiles de la hija del criador de gallos de pelea, niña pequeña, desmerecida por su sexo, escualidez, falta de gracia, destinada a recoger  las vísceras de los gallos muertos.  Pronto aprende a hacerlas parte de ella, como su coraza y salvación en el mundo de hombres atroces en el que pasa sus días.

La actualización de la oscura historia infantil se presenta a la mujer en un secuestro-express (acontecimiento de la actualidad, como acto de odio que lleva al sujeto a una posición de indignidad).  En esta ocasión enfrenta una feroz experiencia de subasta de personas secuestradas, valoradas según el apetito del postor.  Nuevamente las inmundicias son su salvación para burlar la maldad del otro. Sus contenidos intestinales y otros fluidos recubrirán su cuerpo en una degradación y descomposición de sí mismo, voluntaria y controlada, operación que conoce muy bien, para volverse insoportable a la mirada del otro.

En la película “Rabia”[4] de Sebastián  Cordero hay una lectura del odio en el que se puede reconocer la pulsión de muerte, en el empuje  a lo peor de sus actos, al crimen y a la propia aniquilación.  Es ésta la deriva que toma la vida del protagonista, despojándose progresivamente de su humanidad, en una historia de migración, tratado con desprecio y burla. Es lo que viene del campo del Otro desatando su odio, pero en la película hay la intuición de ese otro campo más complejo, de lo propio.  Es lo que nos hace saber el director en la entrevista[5] realizada, él hace un giro en el guion respecto al texto de la novela que lo origina en la que el hombre muere enfermo de rabia, mordido por una rata.   Para poder captar eso de otro orden, en la reformulación de Cordero, muere fumigado, “muere como rata”Apunta a otra cosa que nos dirige hacia lo Uno, la existencia, el ser más allá de lo ontológico, el ser de rata.  Miller[6] con referencia al fin del análisis que remite al analizante su ser, dice que lo que despeja, lo que persiste, es la existencia, el registro del Hay. 

En nuestra consideración, en la sutileza de una escena final, Cordero da un tratamiento a lo ruinoso de José María.  Con algo que él llama un recurso de  estilización, logra envolver la degradación de su muerte.   El hombre que está muriendo sale de su escondite de rata desde el cual espiaba la vida de los otros, para conocer al hijo que ha nacido. Y darle un abrazo para soñar el sueño final del amor, como un hombre.  ¡Un esfuerzo más de poesía!

[1] “Las monstruas”,  o “dantescas” que bajan a los infiernos, es como se autodenominan varias de estas jóvenes escritoras guayaquileñas.

[2] Sánchez, Karina. “Senos Maravillosos”.  Silva, Daniela. “Siberia” y otras.

[3] Boletin OCI 2.  “Ningún padre para ver que me estoy quemando”.

[4] Cordero, S. “Rabia”.  (https://zoowoman.website/wp/movies/rabia/

[5] Cordero, S. https://www.youtube.com/watch?v=1kGoinqCKm4

[6] Miller, J-A.  Seminario El ser y el Uno, sesión del 18.5.11. Inédito.

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