Cuando lo ominoso se hace tangible

Por: Juan Pablo Bitar Cabezas

Desde enero escuchábamos que vendría una enfermedad terrible, enfermedad cuya tasa de mortalidad no parecía “alarmante”, sin embargo, la cantidad de contagios parecía alarmante.   Esta enfermedad, que se aún de escuchaba de lejos, que parecía extraída de alguna serie o película de Hollywood, cada vez iba tomando más fuerza, hasta que, en nuestro país, tuvimos “el caso cero”.

Una mujer, llegada de España, da positivo para Covid-19, la cual, si bien fue víctima de la enfermedad, se volvió víctima inmediata de un sinnúmero de memes, stickers en WhatsApp, donde se violentó la intimidad de aquella paciente, todo esto para luego de algunos infectados, y de diversas noticias que empiezan a alarmar, la paciente fallezca.

A partir de ahí, comienza la travesía de aquello que se encontraba de lejos, cada vez más cerca.  Al poco tiempo empezamos a ver como los contagios subían y nos imponen una única restricción, quedarnos en casa.  Situación que se vive desde la singularidad de cada quien.

Hasta aquí, todo lo que he mencionado es familiar es algo común y que en cierta medida no hay nada de nuevo.   Sin embargo, hace unos días me tocó salir de mi encierro voluntario, con la finalidad de abastecerme y me llevo la sorpresa de que, al pasar por una calle de la ciudad, observo un señor tirado en la calle.  Unas horas después me llegan los videos de personas, transeúntes que no podían desperdiciar la oportunidad de hacer “viral” aquel occiso que encontraron, y que luego de algún tiempo medicina legal fue a realizar el levantamiento del cadáver.

Escuchamos a diario de personas dentro de nuestros círculos, conocidos o personas las cuales en algún momento conocimos, que están contagiados de la enfermedad, o tienen diversos síntomas de la misma, y en el peor de los casos han fallecido por Covid-19 o por cualquier otra atribución que podamos darle en esta época.  Llevándome la sorpresa, de que la muerte, antes del orden de lo inesperado, ahora se vuelve algo común.

Freud nos dice que “Sólo puedo decirse que lo novedoso se vuelve fácilmente terrorífico y ominoso; algo de lo novedoso es ominoso, pero no todo.  A lo nuevo y no familiar tiene que agregarse algo que lo vuelva ominoso”. [1]  ¿Acaso la muerte en tiempos de Covid-19, se volvió familiar, común?

Hoy me envían un video que, para mi sorpresa, un cuarteto de personas cargando con una sábana a un muerto y lo dejan tirado en la calle y siguen corriendo pese a los gritos de las personas indicándoles que “no dejen eso tirado ahí”.

Dicho este último tema, el cual me da a pensar, que si el Covid-19, se lo podría considerar aún ominoso, en tanto que si bien, la familiaridad en la que se lo vive, se lo vive aún desde el horror.  Es una familiaridad horrorosa, de algo que se espera, pero no se desea, la muerte.  Es algo que ronda lo incierto, en si hay o no recuperación. Pensaría que talvez ahí se encuentra lo ominoso del Covid-19.

Para concluir, pensaría que el Covid-19 permite un retorno de la angustia, en una época donde la muerte ya queda registrada y pasa de números, mensajes, imágenes, videos.  Es un darle un nombre aquello que se torna ominoso, no para hacerlo más familiar, sino para por otro lado poder, a través de la angustia como un mecanismo de defensa, no conseguir la familiaridad con la muerte.

 

[1] Sigmund Freud, Obras Completas, Amorrortu Ediciones, Tomo XVII pag. 220

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