Familia et unus*

Por Juan de Althaus

¿Los lazos familiares se han trastocado en la pandemia? De alguna manera, sí. El “quédate en casa”, el fallecimiento de familiares, la separación en la lejanía, la prohibición de los besos, abrazos y palmadas en la espalada y otras restricciones, tienen sus efectos en cada uno. Para algunos será un trauma, para otros no. Unos agudizarán el sufrimiento de sus síntomas, otros realizarán nuevos arreglos sintomáticos.

El fenómeno familiar

Desde los estudios fenomenológicos se afirma que la familia se ha visto afectada en las últimas décadas de la llamada hipermodernidad. La historia de occidente coaguló la familia nuclear alrededor del padre, cuyo modelo era la sagrada familia cristiana. Los estudios de la Antropología y la Etnohistoria han mostrado que no solo se trata de variantes familiares en base al patriarcado, el matriarcado y la combinación entre ambas (propio de la civilización andino-costeña-oriental), sino que, en cada uno, hay múltiples sistemas de parentesco inventados en diferentes tiempos y culturas en la historia de la humanidad.

Se pueden encontrar sistemas donde la función de cuidar a los hijos corresponde al padre, al tío o al sobrino, y no a la madre. El hermano de la madre puede cumplir la función paterna, no así el padre como tal. La madre cría a los hijos de la hermana y a la inversa. Estas solo son algunas combinaciones, a modo de ilustración.

Los conjuntos de estos sistemas familiares se han mantenido en el tiempo, con leves modificaciones, mientras existieron las civilizaciones y culturas correspondientes. La civilización mundial actual, donde predomina el discurso capitalista, ha incorporado en su seno los restos de culturas diversas, a modo de una exclusión interna, donde se producen ciertas mediaciones e hibridaciones. Sin embargo, la diferencia está en que actualmente la multiplicidad de sistemas familiares está generalizada, desregulada y cambian constantemente, produciéndose nuevas variaciones.

Las legislaciones van sancionando en derecho, lentamente, lo que se está produciendo de hecho: los matrimonios igualitarios, los convivientes, la adopción de hijos por matrimonios de sujetos homosexuales, y otras. Hoy, en muchos casos, el padre funciona como madre y la madre como padre: los límites ya no están claros. Se puede añadir de manera asertiva, que la familia no solo se está reduciendo al matrimonio, sino a un creciente vínculo dual de madre-hijo, únicamente. Más aún, también es una tendencia que se amplía, la existencia de la soltería sin hijos, lo que implica la disolución del vínculo familiar. En esta disgregación familiar han influido el movimiento feminista y el psicoanálisis.

El resquebrajamiento de los ideales en todos los campos de la vida social ha derivado en la multiplicidad de vínculos familiares. No hay familia ideal. Los discursos que planteaban que la familia es de origen natural y cumplen la función de reproducción, también han caído.

La ciencia ha jugado su parte. La inseminación artificial, los bancos de esperma, el embarazo in vitro, los “vientres de alquiler”, han puesto en cuestión la tradicional afirmación que “madre solo hay una”. A su vez, cualquier mujer puede tener un hijo de algún padre anónimo del banco de esperma y ser madre soltera. ¿Dónde quedó el padre?

Hasta las estadísticas, aquellas nuevas catedrales góticas, muestran estas transformaciones: En países del primer mundo como EEUU y Alemania, solo el 51% de la población adulta está casada; dos de cada cinco matrimonios terminan en divorcios y la mayor parte de los divorciados no se vuelve a casar; la tasa de divorcios aumenta más que la de los matrimonios; la infidelidad llega al 60%, el 28% de la maternidad se realiza sin pareja; en los países nórdicos el 50% de las madres son solteras, en los países latinos un 28%. Todas estas cifras van en aumento cada año.

No hay relación, hayuno

Todas estas versiones de la familia, y otras que vendrán, son posibles porque constituyen una respuesta a lo que Jacques Lacan estableció con la fórmula “no hay relación sexual”, es decir, no hay nada escrito en la relación entre los sexos, estos no son complementarios, no hay “medias naranjas”, son frutos diferentes. ¿Qué hay entonces? Hayuno.

De hecho, ante la disgregación del vínculo familiar, hay que decir que termina poniéndose en primer lugar la singularidad de cada uno de sus miembros. Hasta el mercado lo promociona y se aprovecha con la introducción de los objetos tecnológicos para cada uno y en cada habitación. Cada miembro de la familia come a diferentes horas y en diferentes lugares. Los encuentros familiares, compartiendo el goce de los potajes, es cada vez más escaso. Cada familiar se relaciona con los demás a su manera, lo cual hace difícil conjeturar el conjunto familiar más allá del apellido que la nombra.

Se trata, entonces, del Uno de la singularidad de cada ser hablante, que ha sido marcado a temprana edad por la lengua materna, como la repercusión sobre el cuerpo del niño de los sonidos de sus palabras. No son palabras que comuniquen algo, sino es solo acontecimiento de cuerpo que inscribe un significante amo aislado que condensa el goce (satisfacción) del sujeto. Cada uno fue hablado por la familia, marcando ese Uno y las identificaciones familiares, lo cual constituye su destino inconsciente inscrito en los fantasmas subjetivos. Es un destino del cual el psicoanálisis permite desprenderse para inventarse el nombre propio, diferente, más manejable. Es decir, desfamiliarizarse, inventándose otros modos de goce y vínculos sociales, incluso los familiares.

Este encuentro contingente entre la sustancia gozante del cuerpo del infante y la lengua materna produce un agujero que se constituye en el trauma inaugural que estructura al ser que habla. De esta operación, algo se pierde, cae, como el impacto de un meteorito sobre la superficie del planeta que deja un cráter, ya que la masa desprendida se pulveriza de manera inubicable, produciendo un vacío que se intentará cubrir con el “objeto a”, algún objeto plus de goce, un excedente de goce. Como es imposible recuperar ese paraíso perdido, se sustituirán unos objetos por otros a lo largo de la vida, con los cuales el sujeto se satisface también. Pero este vacío también hace que esta relación de objeto opere como una causa de deseo, que mueve al sujeto a querer algo, cualquier cosa. Aquí lo que importa es la función causa.

El discurso capitalista se caracteriza porque el agente que comanda el vínculo social son los objetos de consumo, que buscan satisfacer ese deseo de cada uno, aunque tal cosa es un imposible. Nada puede llenar ese vacío, por eso la continua oferta cambiante de esos objetos que se sustituyen unos a otros.

No hay relación, hay síntoma

En la familia actual, si esta existe, lo que comanda es este objeto a. Ya no domina el padre, el Edipo, el nombre del padre, que regula las relaciones y el goce. No, el padre merece respeto, como señalaba Lacan, si es que convierte a su mujer en su objeto de deseo y amor, y ella lo consiente. A su vez, la mujer tiene sus propios objetos que son sus hijos, y el padre, al encargarse de ellos también, la mujer-madre reconocerá a su pareja como el padre de sus hijos. Como consecuencia, el objeto es el eje sobre el cual giran las relaciones familiares. Cabría preguntarse incluso si en el centro de las relaciones familiares actuales se encuentra His Majesty the baby, como una manera de tapar el agujero de la inconsistencia del Otro, del mundo humano.

Un padre vociferante y agresivo no logra impedir que la madre cocodrilo trague a su hijo, lo cual tiene consecuencias. El objeto niño siempre trastoca la subjetividad de los miembros de la familia, por su irreverencia. Ya Freud afirmó que el niño es un “perverso polimorfo”, que grita, demanda, hace sus travesuras, no hace caso, y la falta de recursos simbólicos de los padres o sustitutos, convierten al niño en un síntoma.

No se trata de imponerles los ideales delirantes de los padres y maestros a los hijos, porque convierten al niño en un objeto de goce superyoico. Eric Laurent en El niño y su familia, señalaba que hay que proteger al niño de estos delirios. Más bien, al considerar su singularidad de como se ha particularizado el goce en su cuerpo, al hablarle y escucharle, acogiendo sus gritos y habladurías, se convierten en objeto de deseo y amor de los padres, y el niño puede tomar ese deseo y desear también ser alguien en la vida.

En primera instancia, la familia es un modo de regular el goce de los infantes, y de guardar el secreto de un goce opaco de sus miembros, poniendo límites y abriendo otras posibilidades, y los aprendizajes se subordinan a esta intervención de sus cuidadores. Sin embargo, siempre queda un resto de goce sintomático por el cual se hacen y deshacen los vínculos familiares. De hecho, el síntoma del niño es el síntoma de la pareja parental, tal como lo señaló Lacan en Notas sobre el niño.

Por tanto, con los niños y jóvenes se trata de provocar la creatividad alrededor del su síntoma propio, no tanto dirigido hacia el mercado. No se trata de formarlos como copias estandarizadas de lo mismo, sino que vayan construyendo su lugar en el mundo con sus propias invenciones. No estaría demás lograr cierta familiaridad tolerando el goce propio de cada miembro de la familia, es decir, que se pueda gozar de la tolerancia.

*Publicado en Dialoguemos de La Conversación. 18 de agosto de 2020.

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