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Gabriela Febres-Cordero: Sobre Nora

Nora me acompañó, como a muchos, en varias etapas académicas.

Recuerdo, durante las prácticas preuniversitarias, ella insistía: “queridas, hay que tener cintura política.”

Esas eran sus palabras cuando uno se encontraba tratando de posibilitar, dentro de una institución, un espacio donde algo del discurso psicoanalítico pueda al menos quedar resonando para un sujeto.

Sin duda, sus decires y particularidades harán eco por largo tiempo.

Gabriela Febres-Cordero

Asociada Nel Guayaquil

La cuarentena como elección forzada

Por: Alvaro Rendón Chasi

A los 18 años, luego de un recorrido subjetivo, hago una elección para aislarme del contacto social. Una “cuarentena” que me confronta con el virus de mi propio inconsciente. Surge una reinvención del lazo social que primero debió pasar por el propio cuerpo. Jacques Lacan lo va a llamar el cuerpo hablante no sin antes haber atravesado la lectura de los místicos cristianos.

Para ese momento de los 18 años, un tiempo elegido, poder cruzar esa temporalidad en medio del dolor, las pérdidas, el encuentro con el real de la impermanencia del ser humano, se posibilitó por el aferramiento al sentido de esa elección propia sin dejar de palpar, luego, la existencia de un punto de sin-sentido.

Hoy, en medio de una pandemia, sentirnos lanzados a una “elección forzada” de aislamiento puede provocar, de sopetón, un cara a cara con el sin-sentido. La distancia física podría generar una cercanía con el cuerpo que se habita. Por lo menos, en mi propia cuarentena de dos años, ese fue el efecto. La diferencia: una elección propia versus una elección forzada.

Jacques Lacan, en el seminario sobre la ética del psicoanálisis, hace un delicado acercamiento por la tragedia griega recordando que “tiene como meta la catarsis, la purgación de las pathémata, de las pasiones, del temor y de la compasión” (p. 298). La catarsis, entendida por los griegos, es poder no solo sentir la tragedia del otro, el eleos y el fobos, sino la posibilidad de una transformación a partir de la tragedia más propia.

La muerte, los cuerpos regados, el aislamiento: un sin-sentido trágico. Lograremos salir de esto con una invención propia que transforme el lazo y bordee el sin-sentido.

De la intimidación a la intimidad

Por: Lizbeth Solís

Hoy lo extranjero porta un nombre que despierta inquietante extrañeza alrededor del globo, nos interroga por no ser un completo extraño, antes lo hemos visto bajo otros nombres MERS-CoV y SRAS-CoV. En esta época surge como una cepa no conocida antes en el ser humano, acompañada de un conjunto de cifras escuetas que nos dejar ver los desafíos de los sistemas políticos de las grandes potencias, las realidades del sistema de salud que son negadas con fuertes campañas publicitarias y lo que Lacan ya había dado cuenta en su sentencia sobre el mandamiento bíblico de “amar al prójimo”.

José Fernando[1] en su texto Psicosis ordinarias nos recuerda que nuestra sociedad se ve marcada por la presencia de los medios de comunicación de masa, con el predominio en esta época de las redes sociales, las cuales surgen como espacios para lo ominoso, lo insoportable  sin ningún tipo de mediación frente a la cual un sujeto se desplaza en los polos que van desde la perplejidad frente a los restos que hoy deja una enfermedad, hasta la certeza ante las diversas teorías sobre el origen del virus.

Plataformas como Facebook en sus normas comunitarias incluye un mensaje de advertencia para imágenes de “contenido gráfico o violento”, las imágenes no desaparecen son inmortales en lo virtual y del lado del espectador nos encontramos con el goce de quien no logra apartar la mirada, del que repite los audios sobre lo que sucede en un mundo que se vuelve distante en el aislamiento o el del que encuentra formas para arriesgar su propia vida.

Es la presencia de un real que impacta en los más singular de quienes enfrentan lo traumático del puro presente, hoy nos vemos interrogados por la variedad de manifestaciones de la pasión, de los objetos y modalidades del goce de los que se sirven los sujetos. En los últimos días enfrentamos una realidad que nos atañe, la dignidad, nos encontramos con cuerpos reducidos al estatuto de desecho quedando despojados de toda humanidad, restos biológicos, apilables y desconcertantes. Los cuerpos no aparecen ya velados ni por palabras, ni por rituales o ataúdes.

La indignidad está ahí en el sujeto reducido al nivel de la cosa, a partir del Seminario 8: La transferencia[2], concebimos la indignación como una pasión que se enlaza a lo singular, surge entonces cuando algo ha calado en lo más íntimo. El modo en que este se presenta puede incluir o no la violencia, el 06 de abril se reporta en el diario el Metro[3] de la detención de un hombre por el delito de “actos de odio”, el mismo diario publica en sus medios digitales el video por el cual es detenido, video en el cual se escuchan insultos y datos que ya han poblado desde semanas atrás las redes criticando las acciones del gobierno frente a la crisis sanitaria actual. Los altos funcionarios no escapan de la indignación.

Nos dirigimos en una torción ética que va en ese movimiento de la indignación a la dignidad, la ética del psicoanálisis nos plantea el juicio de la intervención del analista, en el Seminario 7 Lacan[4] explica que el psicoanalista para sostener su función debe pagar con algo y plantea que paga con su propia persona por la transferencia y con palabras, de esta ultima forma de pago explicará que se trata de un acercar en las palabras, la relación de un sujeto con su goce. La pulsión parcial permite el agujereo frente a la angustia en esas piezas en las que el sujeto no se reconoce.

Gérard Miller[5] en su film “Rendez-vous chez Lacan”, muestra el testimonio de Suzanne Hommel quien al final de su narración dice “y esa sorpresa no disminuyó el dolor, pero hizo algo más (…) fue un gesto que apelo a la humanidad”, se trata del analista que hace una apuesta en un acto del que no hay retroceso y que se sostiene en su propio deseo, Lacan define el acto en tanto que “acontece por un decir a partir del cual el sujeto cambia”[6]. Hoy el discurso que nos acompaña es el del distanciamiento social, la prohibición del contacto ¡No tocar!, pero no nos quedamos en tocar del tacto sino en el acercamiento frente a ese toque de lo real que invade y desestabiliza.

Hoy más que nunca tenemos espacios para la intimidad, hoy no nos aturden las actividades del diario vivir, hoy nos encontramos a solas en medio de una crisis a doble faz, un final y un comienzo, los grandes hitos de la historia nos recuerdan que al final de cada época encontramos en retorno de lo peor, de presentaciones más feroces del goce. Retomamos para la práctica los principios del psicoanálisis que orientan nuestra accionar en la vía del desamparo fundamental y del desecho, de lo que no entra en el ideal. Lo íntimo del consultorio que hoy se desplaza a la intimidad del uno a uno a través de los medios que nos permitan un nuevo modo de acercamiento, para tratar allí lo que invade.

[1] Velásquez, J. F. (2018). Psicosis ordinaria: Una mirada desde la clínica borromea. NEL-Santiago: Santiago.

[2] Lacan, J. (2008). Seminario 8: La transferencia. Buenos Aires: Paidós.

[3] https://www.metroecuador.com.ec/ec/noticias/2020/04/06/detienen-hombre-comentarios-negativos-redes-sociales-guayaquil.html

[4] Lacan, J. (1988). Seminario 7: La ética del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

[5] https://www.youtube.com/watch?v=NaECIYmnYuk

[6] Lacan, J. (2012). Otros escritos. Buenos Aires: Paidós. Pág 395.

 

Viviendo con-finados

En las redes de los pescadores/ En el tropiezo de los cangrejales/

En la del pelo que se toma/ Con un prendedorcito descolgado/ Hay Cadáveres

N. Perlongher

 

Por: Jessica Jara de Aguirre

Al inicio de la cuarentena anoté el humor como respuesta del superyó ante la embestida de lo real, apuntando a eso catastrófico del COVID-19, más allá de la catástrofe[i]. Al día doce, abordé el mandato imposible de cumplir: ¡Quédate en casa!, los abusos del Otro del control y la exacerbación de la violencia de la ciudadanía e incluso de muchos intelectuales, que pedían cortes a ras; un despertar de un regionalismo segregativo, que destina sus flechas al alien convid-a[ii] en el Otro: el extranjero /alien /hétero, el mismo con el que convivimos en cada uno de nosotros…

En esta tercera entrega, recurro al significante “confinamiento” traído por mis colegas, pues allí escuché: con-finados. Así, apunto a lo que sería la heterotopía propia de un psicoanálisis orientado por lo real, tan distinta al teletrabajo horizontal hefneriano y a la autoexplotación chul-haniana; retomo la pregunta por Guayakil y sus lamentos, porque Hay cadáveres. Y, me atengo a la lectura de Lacan de “Antígona” sobre la hermandad ante algunos efectos nefastos del: ¡Cúrate en casa! y ¡No salgan! Tratándose de una hermandad que no remite a la tríada Libertad, Igualdad, Fraternidad, ni a la jurisprudencia ni a los buenos sentimientos; una fraternidad que tampoco es la fraternidad del cuerpo, que es el racismo…

S2 “Guerra”: Confinamientos y el teletrabajador horizontal

Confinamiento es el significante con el que Miquel Bassols[iii] y otros colegas se han referido al toque de queda globalEn Lacan Cotidiano 875, Valérie Bussières anota que confines designa una parte situada al extremo, a la frontera; una geometría del espacio: de los campos a los cuartos, pasando por la celda. En el contexto penal estar confinado es ser prisionero, estar encerrado en límites estrechos. El confinamiento médico es la prohibición del enfermo de salir de la habitación; el biológico, contener un ser vivo en un medio cuyo volumen es restringido y cerrado.  Valérie no confía en que el cataplasma de sentido circulando en los gadgets posibilite soportar el golpe a los cuerpos confinados. El confinamiento nos lleva a retomar el dilema de los tres prisioneros de Lacan, prisión de la que se sólo sale con una respuesta singular basada en la lógica y no en la probabilidad; y si bien, se sale uno por uno, no es sin los otros, sin las escansiones y un toque de lo real.

Le agrego el confinamiento Playboy al que apuntó Beatriz Preciado, hoy Paúl B. Esta “Pornotopía” se suscribiría a las heterotopías foucaultianas: lugares donde se alteran las relaciones habituales entre forma y función (2010, p. 118). Se trata del “apartamento de soltero” o la “celda farmacopornográfica”, de Hugh Hefner: totalmente conectada a las nuevas tecnologías de comunicación del que el nuevo productor semiótico no necesita salir ni para trabajar ni para practicar sexo… (2020). Así, la foto más conocida de Hefner es la que aparece en pijama, batín y pantuflas, custodiado por conejitas siemprebellas. Este doméstico millonario a cargo de la revista ícono de una subjetividad postguerra, pasó más de cuarenta años en casa, saliendo por excepción. Desde su estilo de vida, Hefner llamó trabajador horizontal, a quien no distingue producción de ocio.

Preciado retoma su ensayo premiado hoy para acentuar que la cama de Hefner de 1968 era una auténtica plataforma de producción multimedia: “mucho antes de que existiera el teléfono móvil, Facebook o WhatsApp”. Entonces, si nuestro espacio doméstico está diez mil veces más tecnificado que esa cama giratoria, las consignas oficiales: ¡No salgan de casa y teletrabajen!, apuntan a un remasterizado teletrabajo horizontal. Lo que Paúl B. llama “vidas confinadas”[iv].

Uno de los límites del teletrabajo horizontal son esos oficios que hay que realizar en cuerpo/ encore, como el de quienes -en el lugar de los hechos- se ocupan de los verdaderos horizontales… En el otro extremo está el psicoanalista, quien escucha al ser hablante y zanja: a ese paciente que se desplaza, espera en la salita y ya en el diván, en posición horizontal, habla sobre las cosas que importan en lo real. Es un job muy duro, agrega Lacan. J.-A. Miller anota que la tecnología permite estar sin cuerpo, y que “les van a decir: se puede dar la voz, la imagen, mañana se ofrecerá el olor, ¡y hasta quizás se aporte el clon! Pero aun así habrá, en el próximo milenio, una parte no simbolizada del goce y ella requiere la presencia del analista” (1999, p. 22-23).

La A.E. Florencia Shanahan en “Modos de la presencia” (2020) precisa que su analista la atendió por teléfono cuando su madre y su hermano murieron inesperadamente; también por Skype durante más de un mes: lo que duró la angustia más radical por la destitución del propio analista. Un analista dando un soporte ante la muerte de la madre y el hermano, y su propia destitución. Sin embargo, ella asegura: mi análisis no podría haber concluido si hubiese sido “virtual”, pues el impulso a la salida surgió a partir de un acto fallido: deja un encendedor sobre el diván del analista; toma el avión, vuelve y “se abre la puerta a la última c/sesión [de goce]”[v].

Retomando, si hace unas noches cuando dijeron “confinados”, lo que oí fue: con-finados; debería ser porque vivo en Guayaquil, en Guayakil, según lo escribió una querida amiga quien luego de ver las noticias, me preguntó con real preocupación: ¿cómo están?

GUAYAKILL, ¿estamos bien?

La aparición abrupta del COVID-19 no dio ocasión al momento de ver, como señaló Marie-Hélène Brousse. Pero sentimos sus efectos. Ningún cálculo ni preparación en el sistema hospitalario es suficiente para dar abasto ante este real con ley, aún desconocida (Bassols).

Tampoco los gobernantes de mi Guayaquil “indisciplinada”, “Guayaquil que va a matar al Ecuador”, el mal ejemplo a nivel mundial… quisieron saber con lo que se iban a encontrar, con eso ingobernable. En el país hay casi 5.000 “contagiados”; pero, según el cálculo de los ingleses: si por pruebas realizadas hay 2.000 infectados, se deben contar 50.000 casos. El día de hoy, la alcaldesa -ya recuperada del coronavirus- imprecaba al gobierno central a “decir a los familiares, dónde están los cuerpos perdidos de sus seres amados”[vi]. Firmando: A Guayaquil nadie la calla.

Ayer me dicen en un control, todos los días se muere alguien, -lo pasan en el chat de la Unidad Educativa-, enlista uno por uno: padres de alumnos, tíos, esposos de profesoras… Hombres. ¿Son ellos quienes, por tradición, salen de casa a conseguir el pan nuestro de cada día, en esa zona rural y aledaña a Guayaquil? ¿Son esos hombres más reacios a tomar las limonadas calientes con jengibre y dejarse curar? Ella concluye, la gente prefiere morir en casa. Al tiempo, surge el terror de un médico porque ya no hay cómo entubar, y se deja oír una pregunta desplazada de otra analizante: ¿cómo puede valer más un potro que un caballo? Es la elección de Sofía, cada vez…

En Guayaquil hasta cuando fue muy tarde, se permitió a las funerarias atender las 24 horas y se pusieron a pensar cómo enfrentar el “Hay cadáveres” de Pelongher, que nos resonó dolorosamente y fue amplificado por los medios, dejando a la vista aquello que no debe ser mirado: ese cadáver que Antígona, furtivamente, cubriría con polvo en un primer momento, para que el cuerpo de su hermano quede velado a la mirada. Gesto para evitar, además, que perros y pájaros propaguen la contaminación, diseminen el horror y la epidemia (Lacan, Seminario 7, p. 316).

Antes, el terror al contagio causado por consignas escandalizadas que llevan a lo peor y los efectos de una gestión sanitaria del paracetamol y del para-todos: “Cúrense en casa y sólo vayan al hospital cuando tengan problemas para respirar”Cuerpos guardados como tituló Maritza Cino a su poemario / Cuerpos ominosos, sacados de casa por familiares aterrados. Recordaba así, a Didi-Huberman apuntando al vaciamiento que: “allí, ante mí, toca lo inevitable por excelencia: a saber, el destino del cuerpo semejante al mío, vaciado de vida, de su palabra, de sus movimientos, vaciado de su poder de alzar sus ojos hacia mí. Y que sin embargo en un sentido me mira” (2014, p. 19). Y Didi-Huberman sólo se refiere a la tumba, ante la que uno se tumba y se angustia.

Prefieren morir en casa, pues luego del hospital está “el gestor de la morgue” -hombre de actitud desafiante y grosera[vii], y días enteros aguardando por un cuerpo, por despedirse de un familiar extinto, pagando para entrar a buscarlo… ¡Ay, cadáveres! ¡Qué dolor circula en ese largo cortejo de carros con sus ataúdes esperando, en esos hombres y mujeres peregrinando por sus muertos, para darles digno entierro! En los sueños vivos y muertos coexisten. En Guayaquil, vivos estaban con finados en casa. De ese horror y el de Antígona entre-dos-muertes, nada sabemos.

Es por la vía de la ética trágica y la lectura singular de Lacan, que es posible decir algo más sobre esos confinados: quienes debieron seguir su vida con (sus) finados en casa, por la ley de la ciudad, por un sistema colapsado, por precariedad material y subjetiva. Muchos no tuvieron ocasión de darles entierro. Los velorios a nivel global ya no van, aquí ni uno sobrio o con tragos, con café o aromática dulce, con pésames y abrazos, porque somos latinoamericanos, si se quiere.

En Guayaquil estamos bien, no… No, aunque hoy exista un whattsapp al que mensajear si estás con un finado en casa; aunque tengas 24 horas para recoger los restos de tu familiar en el hospital; o, si después de las 24 horas puedas, georreferencialmente, localizar su tumba asignada.

 

Antígona y su hermano: Más allá de la fascinación y la Até familiar…

Antígona conmueve, fascina, entusiasma, intimida. La Antígona de Sófocles es una imagen que fascina por su brillo insoportable, dirá Lacan. Ella fascina porque hay algo de esa elección absoluta, del acto no motivado por ningún bien, ni ningún humanismo, ni caridad… Antígona es bella, se insiste en ello en la obra y recordamos que lo bello es el último velo ante lo real.

Más allá de esa imagen fascinante, hay un enigma al que apunta Lacan en su seminario La Ética del Psicoanálisis. Lo desconcertante y que no alcanzamos a ver por ese deslumbramiento, es que se trata de una víctima –terriblemente- voluntaria. Antígona, como las siempre bellas víctimas de los sadianos, sufrirá un suplicio: ser encerrada viva en una tumba (2003, p. 299). Pero, como anota Jean-Luc Nancy en un pie de página: “Antígona es encerrada viva, en pie, con Hemón, en la cueva que debe convertirse en su tumba, y es colgada como la encuentra Creonte cuando se retracta demasiado tarde de su condena” (2006, p. 33). La maldición de Edipo llega a sus hijos, y la historia de Antígona se inscribe en esa serie catastrófica de dramas (Lacan, p. 301).

Antígona no se aplica a la defensa de los derechos sagrados del muerto y de la familia, tampoco es una santa: Antígona es arrastrada por una pasión. Lacan da cuenta de la justificación de su acto, lo que se ha querido tomar como un pasaje interpolado: Antígona lo hace porque se trata de su hermano: ser irrepetible, irreproducible… ya que sus padres están ocultos en el Hades.

Lacan ubica la Hamartía no del lado de la heroína, sino en el error de juicio de Creonte, quien está ahí para el bien-de-todos. Antígona está sometida a su ley. Antígona es de una crueldad excepcional con su hermana, es un ser inhumano, dirá Lacan (p. 315). Es lo crudo, es atroz que Antígona salga así de los límites humanos, sin compasión y temor; aún, si gime como un pájaro.

Los héroes sofocleanos están exhaustos al final de la carrera, siendo que viven entre-dos-muertes. Sin embargo, en La ética del psicoanálisis, nos encontramos con la figura del atravesamiento de un límite, la transgresión de un deseo con una fuerza de la voluntad. Antígona no puede hacer otra cosa que atraer todos los males resultantes sobre sí, no puede mirar a otro lado. No se pregunta, afirma que es así porque es así, porque es su hermano. Aquí reaparece el horizonte, el límite de los confines en el que ella acampa y sobre el cual se siente inatacable (p. 334).

Su conclusión: Mi hermano es lo que es y porque es lo que es y sólo porque él puede serlo, avanzo hacia ese límite fatal. Es imposible de quebrar, va más allá de las nubes de lo imaginario y de todas las influencias que se desprenden de los espectros… Más allá de todo contenido, de lo bueno o lo malo que alguien haya podido hacer, mantiene el valor único de su ser. Así, apunta Lacan: esa pureza, esa separación del ser de todas las características del drama histórico que atravesó, éste es justamente el límite, el ex nihilo alrededor del cual ella se sostiene. Es el corte que instaura en la vida del hombre la presencia misma del lenguaje (p. 335).

Esa hermandad de Antígona no es la cristiana. Más allá del “Até familiar” de Antígona, sigo a Lacan para plantear que ante la situación actual y sus estragos, no hay que dejarse fascinar por el brillo de los gadgets y olvidar así a nuestro hermano; pues hoy se requiere (re)cubrir esos cadáveres de una buena manera, acompañar a nuestros hermanos en el esfuerzo de apalabrar y duelar de modo apropiado a sus finados. Así, Lacan en su Seminario 19 “… o peor”, señala que somos hermanos de nuestro -impropiamente llamado- paciente, y como nos recuerda la Comisión de Carteles de la NEL: Somos sus hermanos en la medida en la que somos, como él, hijos de discurso. Parafraseando a Antígona: cada uno es lo que es y sólo porque él puede serlo, avanzamos en el acto psicoanalítico, hacia ese límite fatal; pero, apuntando a lo que instaura en él la vida.

Este seminario de Lacan La Ética del Psicoanálisis (1959-1960) es el que abordaremos este año en el CID junto con Antonio Aguirre y cada uno de los participantes. Convocados desde ayer a la cita, en medio de este tumulto, vamos a seguir trabajando porque el psicoanálisis no sea más que un síntoma olvidado.

11 de abril de 2020


[i] https://nelguayaquil.org/2020/03/21/covid-19-lo-que-comporta-el-humor-y-otra-escritura-de-lo-real/

[ii] https://nelguayaquil.org/2020/04/06/el-alien-convid-a-y-la-buena-distancia-en-la-cuarentena-empieza-a-salir-lo-peor/

[iii] Bassols en esa entrevista se muestra muy riguroso con el psicoanálisis puro, y muy abierto a las aplicaciones del psicoanálisis en muchos ámbitos y en condiciones diversas… que pueden ser incluso mucho peores que las actuales…

[iv] https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html

[v] https://zadigespana.com/2020/04/11/coronavirus-modos-de-la-presencia/

[vi] https://www.expreso.ec/actualidad/coronavirus-ecuador-viteri-sonnenholzner-guayaquil-nadie-calla-9069.html

[vii] https://www.eluniverso.com/guayaquil/2020/04/09/nota/7808436/30-300-ayudar-sacar-cadaveres-hospitales

El estado salubrista y la presencia del analista

Por: Antonio Aguirre Fuentes

Efectivamente hay que atender lo que estamos viviendo. Escribí algo y puse la alerta en el ascenso de un estatismo salubrista y policíaco, vigilante y castigador. Están al día, espían las redes sociales, rastrean con GPS a los celulares para multar a los que desobedecen el toque de queda. Nos anuncian restricciones irreversibles. Es la cara oscura del “estado del buen vivir”. Grandes argumentos para reducir al mínimo las libertades personales, a las que los apologistas del estatismo, califican como individualismo. ¿Terror de los aterrados?

¿No es esto algo inquietante ?  No comparto el entusiasmo de algún colega que se maravilla de la respuesta que ha encontrado por internet: se conectan 100, y ya verán si pueden conectarse más.

Teletrabajo, telepsicoanálisis, psicoanálisis virtual. Lo entiendo y hasta lo practico en algunos casos. Pero el psicoanálisis es otra cosa, no se confunde con una intervención momentánea. No es una psicoterapia virtual tampoco.

¿De qué nuevo lazo hablamos? El discurso es el lazo social. ¿Cuál nuevo lazo entonces? Hay aplicaciones del lazo psicoanalítico, “variantes de la cura tipo”, aplicaciones terapéuticas. Pero son los otros discursos los que se pondrán al día en los artilugios: telecontrol, clases virtuales al por mayor, periodismo alarmista histérico.

Lacan alude a un “amor más digno” en la Nota Italiana, siendo este el que se halla en el análisis. Y cuando en el seminario 20 menciona el diván, la cama, es para decir que acostado se hablan cosas que importan y que no son sólo  las del “amor” sexual.

La entrevista a Miller lo manifiesta muy claro: mientras más artefactos, más valiosa será la presencia del analista y del analizante. Porque la presencia del analista sostiene lo que es inanalizable, ese resto que no sólo es mirada o voz, sino ese “cuerpo presente”, que está vivo. La comunicación electrónica no es una novedad, el último grito de la tecnología. Está desde que McLuhan proclamó que “el medio es el mensaje”. Y no olvidemos -se lo mencionó en una entrevista- a Jean – no Jacques- Cocteau y su monólogo La Voz Humana, estrenado en 1930. Es el mensaje de la ciencia. Para los analistas “el medio-decir” es el mensaje. De todos modos, algunos se regodean disertando sobre los viejos, el padre y la novedad fascinante de la tecnología. Van con la ola.

Miquel Bassols, en la entrevista que le hace L.D. Salamone, señala que el análisis por internet le parece muy fácil. Recuerda las dificultades, el tiempo real necesario, para acudir a una sesión. Con internet, basta con apretar un botoncito. Leyendo el “Proyecto de una psicología” de Freud encontramos la diferencia entre el principio de placer (se pulsa el botoncito y aparece el objeto “virtual”) y el principio de realidad ( ir al encuentro con un analista presente). Nada es tan nuevo como lo que puede acontecer en una sesión real de psicoanálisis.

Dejar ir

Por: Carlos Quezada Moncayo

Conozco de la muerte y del duelo desde muy joven, mi hermano menor sucumbió ante ella a sus tres años –yo tenía cinco–. Hubo lucha por evitarlo, una épica batalla lidiada por mi padre, mi madre y él mismo, lucha que nos mantuvo separados –a un hemisferio de distancia– por varios meses. La época era distinta, no existía la posibilidad de videoconferencias o siquiera de conexiones de audio sostenidas, hubo mucho silencio y confusión. En fin, este es el breve relato de una muerte que me es –aún hoy, más de treinta años después– difícil de manejar.

En mi caso, hubo la posibilidad de realizar los rituales simbólicos propios del fallecimiento de un ser querido. Sé claramente dónde se hallan los restos de lo que fue el cuerpo de mi hermano, los pude ir a buscar cuando lo necesité, incluso tuve la oportunidad de dejar de visitarlos cuando “ya no quise hacerlo”. Podría decirse que tuve –que tengo aún– la experiencia completa de cómo mi cultura honra a los que no están. Nada de esto ha sido suficiente, hay algo que “insiste y no cesa de no escribirse”.

Esta insuficiencia evidencia –en mi caso al menos– que, si bien el ritual simbólico funerario permite un tratamiento de ese Real de la muerte del ser querido, esta vía no es necesariamente plena ni la única válida. Hizo falta la intersección con la lógica el discurso analítico. Hizo y hace falta llevar las preguntas por “esos restos de lo que fue el cuerpo de mi hermano” hasta sus últimas consecuencias.

Ahora bien, no es estéril preguntarse qué hubiese sido de mi trayecto sin, al menos, esa “experiencia completa de cómo mi cultura honra a los que no están”. En condiciones habituales, no habría cuestión: el ritual debe sostenerse. El asunto es que, en los tiempos que nos ha tocado vivir, es inútil exigir lo que materialmente se torna imposible.

Lo cual no impide que, ante lo imposible, haya la invención.

Lo irremediable

Por: Francisco Maquilón Herrera

En estos días, muchas personas han fallecido a causa del COVID-19. Vemos instituciones de salud colapsadas, conglomeración de cadáveres, ciudadanos que no encuentran a su familiar, cadáveres apilados en contenedores, y un sin número de burocracias para retirar los certificados de defunción y sepultar a estos cadáveres; también cuerpos en las calles envueltos en mantas, fundas de basura. La muerte anda suelta y se queda en las calles de Guayaquil.
La salud pública está hecha mercancía. Dejan a los ciudadanos librados a la competencia salvaje y a un darwinismo social: son los mismos familiares quienes deben buscar a sus muertos en los contenedores. El vicepresidente pide disculpas en cadena nacional a la ciudadanía por el deterioro de la imagen a nivel internacional. Byung-Chul Han dice en su libro La sociedad de la transparencia que “solo lo muerto es totalmente transparente”. Estas disculpas me recuerdan las palabras de Nietzsche en El eterno retorno: no hay excusas que valga. Nada te será perdonado. Los cuerpos parten y se parten, es una época con las vidas partidas.
Debemos recordar sobre los efectos que la muerte tiene sobre la psique. Es necesario poder subjetivar la muerte. Freud se refería a la muerte como un espacio irrepresentable: una realidad que para el hombre es imposible de detallar y que, como tal, no tiene inscripción psíquica. Freud evidenció la realidad que pone al hombre frente a la noción de muerte, la propia y la ajena.

En su texto De guerra y de muerte afirma que la muerte ya no podía desmentirse y lo cual lo podemos constatar en nuestro país cuando el presidente y vice, indicaban el número de fallecidos y solicitando no creer a la información que se encuentra en redes sociales. Obviamente debió a que en el país no se tiene los reactivos necesarios para las pruebas del COVID-19, entonces los paciente que llegan con sintomatología respiratoria y fallecen antes de realizar la prueba los registran con el diagnóstico de Neumonía viral no especificada y no ingresan al dato estadístico de fallecidos por el virus.

El espacio de la muerte se ha desplazado de lo privado a lo público. Vemos rituales en las calles para incinerar a sus familiares. Ya no se vela en privado, sino en las calles. Cuando algo se intenta ocultar y no decirse, siempre retorna de otra manera y ese retorno generalmente es sintomático.

Debemos recordar la enseñanza de Lacan al decir que la humanidad del hombre aparece con la tumba. La sepultura es lo que hace hombre al hombre. Con los cadáveres en las calles vemos la máxima expresión de la ausencia del Otro. Lo cual nos ha hecho cambiar nuestra forma de estar y experimentar el mundo, teniendo consecuencias impensadas, provocando cambios en todas las esferas, en nuestra manera de morir y despedir a nuestros muertos.

Bibliografía
Freud, S. (1915). Contribuccion a la historia del movimiento psicoanalitico. Amorrortu.
Byung-Chul Han (2018). la sociedad de la trasparencia . Herder.
Nietzsche, F. (1882). La gaya ciencia. Literatura Universal.