Lacan Cotidiano – n° 711

El amo de mañana, desde hoy comanda Jacques Lacan
n° 711 – Jueves 1º junio 2017

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Antisemitismo ordinario 
por Agnès Aflalo

En antisemitismo extraordinario es bien conocido. Ha producido la Shoah. Pero el antisemitismo ordinario pasa seguido inapercibido. El primero haciendo creer en una frontera hermética entre los partidos de extrema derecha y la democracia. Pero el segundo demuestra que esa frontera no existe. En efecto, desde que la lengua se hace complice de la desdiabolización del fascismo, fracasa en la orilla de un odio común, antisemita, entre otros. El antisemitismo banalizado se invita por todos lados, impacta a laicos y creyentes, intelectuales de derecha y de izquierda. Y la Escuela de Lacan no escapa a ello. Avancemos la idea según la cual la estructura del sujeto del inconsciente puede dar cuenta de estos fenómenos.

El odio de lo que no tiene nombre

El conflicto israelí-palestino durante mucho tiempo ha alimentado un antisemitismo latente. Ha devenido patente en Francia, hace diez años con el asesinato de Ilan Halimi. Desde entonces, los actos antisemitas se multiplican. Y los discursos xenofóbicos desfilan abiertamente en las calles de provincia y de la capital. La relativa indiferencia de los intelectuales sorprende. Muy pocos hablan y de ellos, muchos son inaudibles. Podemos preguntarnos  por qué. Avancemos la idea de que los intelectuales están, como cada uno, atravesados por un odio desconocido de ellos mismos. Si aceptamos la idea de que el antisemitismo es uno de los nombres del odio a sí mismo inconsciente, constatamos entonces que ese sentimiento no excluye a nadie. Judío o no, cada uno está concernido. Ya que el odio a sí mismo, más o menos intenso según los momentos, desgarra a cada uno.

En efecto, el odio apunta al corazón de nuestro ser, que no tiene nombre. Ese innombrable es como el dios de Israel, imposible a pronunciar. Lo imposible no viene solamente del hecho de que la palabra que lo designa o la imagen que lo represente falte. Se debe sobre todo al hecho que  Dios es innombrable. Esa es una fuente no despreciable del antisemitismo. El odio no cesa de querer escribir el nombre de lo innombrable con las letras de la palabra judío. Sin embargo, las letras que bordean el corazón del ser – Kern unseres Wesen, dice Freud – no escriben ninguna palabra. Hacen solamente litoral en el flujo del discurso común y corriente. Pero, sucede que a veces ese discurso concentre el antisemitismo ordinario a tal punto de hacerlo desbordar. Entonces, durante un tiempo, que puede inflamar al mundo, la palabra judío nombra el nudo innombrable del ser y la tendencia a aniquilar triunfa. Después, lo innombrable retoma sus derechos en la estructura. El racismo y el antisemitismo vuelven a ser entonces ordinarios. Por esa razón, según el tiempo cronológico y el espacio geográfico, la palabra judío hace serie con la de otros heréticos como hugonotes, cátaros, moros, sarraceno y otros musulmanes, etc.

Hacer un lugar a ese innombrable, es también hacer un lugar a la imposibilidad de decir los pecados divinos y demoniacos que habitan a cada uno. Pero rechazar ese innombrable, es ipso facto transformarlo en odio a sí mismo y echarlo hacia los otros. Se vuelve entonces odio del otro y de sus diferencias: la diferencia sexual, pero también el modo de vida, el idioma, el color de la piel, el día en el que se reza al señor, el medio social, etc. Por oposición, la “verdadera” religión, la católica tiende a transformar este odio en amor al prójimo. Otro escollo mayor. La aversión de la sumisión a eso que no tiene nombre varia con cada monoteísmo. Los judíos no escapan entonces al antisemitismo. El odio de eso que no tiene nombre habita a todos los racismos en general y al antisemitismo en particular.

Incautos del inconsciente 

Podemos destacar tres formas de antisemitismo ordinario suficientemente bien distribuidos  entre los que detentan el monoteísmo, y más allá. Hay de entrada el odio a Israel que puede también tomar la máscara de la indiferencia. Aquí, el judío odiado es el que no conocería más el exilio. Como si la geografía pudiera abolir el espacio inconsciente donde reside el exilio de si mismo. Ese pretexto autoriza a decirse antisionista y relegar a segundo plano un antisemitismo involuntario o inadmitido. Rechaza también la Shoah que precede la creación del Estado Hebreo.

Agreguemos otras dos formas de antisemitismo ordinario. Una niega al judío como diferente y acentúa más el “todo el mundo es igual” judíos y no judíos. Esos discursos con intenciones igualitarias apuntan a hacer desaparecer las diferencias de cada uno. Es el régimen de “todos iguales sin excepción”. Exit la satisfacción propia de cada uno. Exit la satisfacción del jefe que dirige el conjunto “de iguales”. Este discurso es más frecuente en la izquierda. Más el rechazo a lo innombrable deviene consistente, más el odio de sí mismo se petrifica y más la izquierda gira a la extrema. Lo podemos constatar en Francia y más allá.

La otra forma de antisemitismo, más frecuente en la derecha, acentúa la diferencia a tal punto de hacer de la relación al amo divino el rasgo de excepción el más valioso. Esta manera de imponer la diferencia es compatible con “todos iguales menos uno” . Se trata de cultivar el régimen de excepción que acentúa la idea del ser “el único a…” y que rechaza todos los otros diferentes. Exit el idioma del Otro, de los otros. Más el elegido se afirma y más el chivo expiatorio se acerca.

Los partidos de extrema derecha son racistas y antisemitas. Pero sin importar su forma, el antisemitismo está fundado sobre la idea de que el judío sabría hacer con el dinero tan bien que no sufriría del desgarro del inconsciente. Pero sería olvidar que Marx hace del dinero el fetichismo universal. Es decir que, no importa cual es el uso particular que se haga, el dinero rechaza la singularidad de la satisfacción innombrable del sujeto. Es entonces vano creer que eso es el remedio del exilio interior. La ética no se compra. Pero es también olvidar que, desde Lacan, el discurso capitalista es también el discurso del inconsciente. Cada uno es entonces responsable.

Eso que rechaza el antisemitismo, es la idea de que lo innombrable nos hace diferentes a nosotros mismos. Ya que la diferencia que importa no es la de uno con todos. Es sobre todo consigo mismo. El odio a sí mismo y el odio al otro son el derecho y el revés de la misma moneda que acecha la división del sujeto del inconsciente. Ella encierra sin que lo queramos nuestra propia maldad jamás controlada. La posición de la bella alma y su rechazo al Otro, de la hipótesis del inconsciente, es entonces un impasse asegurado. En efecto, si las guerras son siempre guerras de religión, es que la religión y la neurosis no cesan de querer escribir la creencia a lo innombrable que nos habita con las letras de fuego de la lógica totalitaria. El universal proselitista hace consistir la excepción que no lo es.

La última palabra regresa siempre a lo inconsciente. Exilia al sujeto fuera de él mismo. Ignora el tiempo del reloj y su espacio elástico hace cercano, de pronto, eso que creíamos tan lejano. Entre el flujo de la lengua y la roca de lo innombrable ninguna frontera puede sostenerse. La extimidad, esclarecida por Jacques Alain Miller, lo muestra: la única línea de demarcación que separa al sujeto con el enemigo intimo está hecha de letras inconscientes a desactivar, a condición de hacerse incauto del inconsciente. Es por lo que, no tenemos otro opción que la de soportar la lógica totalitaria del síntoma inconsciente o afrontar la singularidad de un goce ignorado y sin nombre. En la Escuela de Lacan, donde Dios es inconsciente, esto puede ser una oportunidad de hacerse heretic de ella buena manera.

Traducido por Cinthya Estrada.

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