La música de la rata

Por: Miguel De la Rosa G.

En la época medieval, el acto más grande de dignidad, de reconocimiento que podía obtener un sujeto era la nominación de caballero, nominación otorgada por la realeza a causa de un acto heroico que, sin bien puede estar en consonancia sus deseos, no exenta al sujeto de sus pasiones. Por el contrario, a causa de un acto criminal o de sumo quiebre con la moral religiosa, un sujeto podría ser condenado a la muerte física o ser sometido a una muerte social con incidencias subjetivas: el exilio o la excomunión. Pero sabemos también, que el exilio puede ser la elección de un sujeto ante la vivencia de indignación que colma su ser; tal es el caso de José María, protagonista de la película Rabia, de quien me ocuparé en este escrito.

En la entrevista a Sebastián Cordero (https://youtu.be/60x1odgSvgU), director de aquella película, nos plantea concebir a José María como un personaje que experimenta una deformación a medida que avanza la historia, al punto de “animalizarse”: convertirse en una rata. Nos dice Sebastián que las ratas son los únicos seres vivos con quienes comparte un vínculo, se alimenta junto a ellos, son los únicos que pueden verlo. Sin embargo, que aquellas lo vean, lo perciban, no significa que lo estén mirando.

Como sabemos, la mirada no es equiparable al órgano visual, al ojo, más bien existe una esquizia entre ambas nociones, de la cual Lacan nos advierte en El Seminario 11. Para la estructuración de la imagen del cuerpo, noción que encontramos a partir de El estadio del Espejo, la mirada del niño cobra una especial importancia, pues a través de ella experimenta una sensación de júbilo por el sentimiento de unicidad de su cuerpo. La cuestión está en que el niño, sujeto en construcción, debe estar acompañado por el Otro, sus palabras y mirada, que lo dignifican en tanto tal.

Lacan se ha ocupado de hablar de la dignidad brevemente en El Seminario 8 para decirnos que aquella es posible en tanto el Otro nos reconoce en calidad de sujetos, con una singularidad única, ligada a la vertiente del deseo. De la obra de Sartre El ser y la nada quisiera extraer su vivencia en medio de la plaza para evocar lo que ocurre a nivel del reconocimiento, este ejemplo dice así, “estoy en una plaza pública, veo césped, unos asientos y a un hombre que pasa cerca de ellos. Conjeturo que es un hombre aunque, a esta distancia, podría ser un muñeco o un robot”. (1966, p. 357) En el ejemplo de Sartre la vertiente del afecto no es considerada, pues su planteamiento se enlaza a los conceptos de percepción y distancia.

Un sujeto no convoca la mirada de cualquier Otro para ser reconocido como tal: mientras hay miradas que vivifican, otras matan: inhiben, angustian. La cuestión están en que como plantea Freud: la pulsión es sádica – en ella incluye la mirada, no se detiene ante el dolor del otro. Un afecto puede mediatizar nuestra relación con las pulsiones y por ende, con el modo en que se satisfacen. Introduzco esto para indicar como puede funcionar un acto de dignidad de un sujeto a otro: el amor, o alguna de sus variables. Cuando un sujeto no es considerado por el Otro en tanto tal, cuando sus deseos son ignorados, cuando no hay un afecto que mediatice la relación, un sujeto puede llegar a la indignación y su expresión podría surgir mediante un acting out o un pasaje al acto: actos delictivos, exilios, su propia muerte.

Ahora bien, quisiera traer como ejemplo dos referencias sobre la figura de la rata que podemos encontrar en los textos de psicoanálisis. La primera, en el estudio de una neurosis obsesiva por parte de Freud: El hombre de las ratas. El relato de aquel estudio nos introduce a un sujeto que buscaba ser digno del reconocimiento de los oficiales de alto mando: ser reconocido como un hombre que soporta la vida militar. En conversación con un colega, escucha una historia de tortura oriental empleando ratas, relato que lo espanta, pero en el cual se satisface su vertiente sádica, que además, desencadena en él toda una serie de síntomas obsesivos. La segunda, en el Seminario 20, su clase final La rata en el laberinto, en la cual Lacan se pregunta por el saber del ser y cómo llegar a aquella conclusión, nos ilustra junto con la figura de la rata una discrepancia:

La rata esa no se aprehende como ser, sino, en verdad, como cuerpo, lo que supone que se la ve como unidad, como unidad ratera. Pero, y el ser de la rata, entonces, ¿qué lo sostiene? No se lo preguntan en lo más mínimo. O más bien, identifican su ser y su cuerpo. (1973, pp. 168-169)

José María es él mismo objeto de su tortura, vive sin estar vivo, sin tener algún deseo por la vida. La indignación por el crimen que comete lo lleva al punto de hacer equivaler su existencia a la de una rata… ¿lo sabe? No se lo pregunta, lo actúa. Cuando el mata por primera vez, empujado por ese torbellino, esa pasión que rompe con la razón y con toda ética, como lo plantea Gallo (2016), está indignado, no solo por el comentario xenofóbico de su jefe, sino de cómo este traspasa la autoridad de su ser, en tanto devalúa a su mujer, lo ignora y devalúa también a él como su hombre y como sujeto. A partir de ese acto, José María no convoca más la mirada de su mujer, la culpa lo carcome. ¿Muere como sujeto en el momento que mata? Sí y se exilia del Otro. Solo lo sostienen las llamadas que realiza a su amada, Rosa, a quien le pide lo espere, ella lo interroga, al principio lo convoca a su lado, pero luego de un tiempo, como indica Ana Ricaurte en la entrevista con el director, ella se mantiene “del lado de la vida”: sigue con su embarazo, sus quehaceres, sus amistades. José María, sin saberlo, la ha perdido: solo le quedan sus sombras, mientras él vive en las sombras.

La música juega un papel importante en esta película. Una melodía une a ambos personajes, Sombras de Julio Jaramillo, canción que evoca el dolor de la partida de uno de los amantes, un anhelo por el reencuentro, pero además la similar experiencia de José María: vivir bajo la cobija de las sombras, de la indignación. Agonizando por el veneno para ratas, José María realiza una última llamada a Rosa, quien finalmente descubre su paradero. Con su último aliento pide sostener a su hijo en brazos y se despide de la vida ante la mirada de Rosa: una mirada que dignifica. Al final de la película, suena esta misma melodía, pero ahora interpretada por Chavela Vargas, con un tono desgarrador. A la par, propongo un extracto del poema de Borges (2011): Música griega, que hace equivaler a la vida con lo que dure la música. Así finalizo:

Mientras dure esta música,

seremos dignos del cristal y de la caoba,

de la nieve y del mármol.

Mientras dure esta música,

seremos dignos de las cosas comunes,

que ahora no lo son.

Mientras dure esta música,

mereceremos haber visto, desde una cumbre,

la tierra prometida.

 

Bibliografía

Borges, J. (2011). Música giega. En Poesía completa. Buenos Aires: De Bosillo.

Freud, S. (2016). El hombre de las ratas: a propósito de un caso de neurosis obsesiva. Madrid: Amorrortu.

Gallo, H. (2016). Las pasiones en psicoanálisis. Buenos Aires: Grama.

Lacan, J. (1964). La esquizia del ojo y la mirada. En El Seminario 11: Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis. Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (1972). La rata en el laberinto. En El Seminario 20: Aún (págs. 168-169). Buenos Aires: Paidós.

Lacan, J. (s.f.). El estadio del espejo como formador de la función del yo. En Escritos 1. Buenos Aires: Siglo XXI.

Sartre, J. (1966). El ser y la nada. Buenos Aires: Losada.

 

 

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